Estamos a días del 8 de marzo y vemos cosas terribles, crímenes contra mujeres que jamás debieron ni deberían ocurrir.
Hablemos, en primer lugar, del feminicidio de Alexa, una pequeñita indígena de tan solo tres años de edad perteneciente a la etnia chol, quien fue sustraída del patio de su casa mientras jugaba. Su cuerpo fue hallado dos días después con signos de violencia extrema, llenándonos de rabia, de impotencia, de profunda indignación.
Quiero insistir: tenía solo tres años.
A esta tragedia hay que agregar que la familia tuvo que lidiar con la barrera del idioma para denunciar y exigir a las autoridades que hicieran su trabajo. Pasaron horas, días, y aunque el culpable fue detenido, nadie evitó que Alexa sufriera tortura, abuso sexual y traumatismos severos.
A pesar de contar con una Alerta de Violencia de Género (AVG) activa, el estado de Chiapas se encuentra sumergido en una alarmante espiral de violencia machista. Con el feminicidio de Alexa se suman siete en los primeros dos meses del año.
Los datos actuales sugieren que, a pesar de existir esa alerta, la situación lejos de mejorar, parece agravarse. Una AVG debería traducirse en acciones concretas y resultados visibles, pero la cifra de siete feminicidios en tan corto período evidencia una brecha alarmante entre la declaratoria y la protección real de las vidas de las mujeres.
Ana Karen y Kimberly
En otras partes del país la violencia feminicida también sigue en ascenso.
Supimos, en un lapso de pocas horas, que Kimberly, de 18 años de edad y estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), fue encontrada sin vida en un terreno boscoso cerca de la que fuera su casa de estudios.
Estuvo desaparecida desde el 26 de febrero, nadie supo de ella hasta que la hallaron muerta.
Hay un responsable detenido, un delincuente que la asesinó. La comunidad estudiantil tomó las calles para protestar.
Avenidas, calles y callejones, de nueva cuenta, como testigos mudos del dolor y el coraje que mueve a la gente a marchar y decir “ya basta”, déjennos vivir.
Y en el Estado de México, Ana Karen quiso llegar a su casa pero un sujeto la mató.
La joven tomó un Didi Moto el 28 de febrero, pensando que estaría a salvo y llegaría a dormir al hogar donde su familia la esperaba.
Compartió su recorrido en tiempo real, pero le perdieron la pista.
Fue encontrada sin vida ayer, 3 de marzo.
Hoy hay tres familias, en realidad muchas más, que lloran a sus muertas y llorarán su partida prematura el resto de sus vidas porque un miserable las asesinó.
En el caso de Alexa, hoy sabemos que aunque exista en un papel una Alerta de Violencia de Género se requieren estrategias integrales que aborden las causas estructurales de la violencia machista, que fortalezcan las instituciones encargadas de la prevención y procuración de justicia, y que garanticen la protección de las víctimas. Más, mucho más, si se trata de criaturas de esa edad.
Nada parece suficiente.
Hay leyes que protegen las infancias, hay instancias donde se supone, deben trabajar para que ellas vivan seguras y en paz. ¿En dónde están cuando una niña es violada y torturada?
Hoy, como muchas mujeres en México, tengo el corazón roto.
Pese a los muchos esfuerzos de la sociedad y de las instancias gubernamentales, en este justo momento un hombre asesina a una mujer, a una niña, a una anciana, quizá a su misma hija o a su madre.
Es cierto: “vivas nos queremos”, pero ¿quién nos garantiza vivir?
Que no exista un lugar en el país donde estemos en riesgo; que tampoco transitemos por las calles con temor. Ese es mi mayor deseo.



