En la política mexicana el poder no solo se ejerce, también se presta. Y cuando se retira, deja al descubierto quién caminaba por méritos propios… Y quién lo hacía sostenido del brazo de un “padrino”.

Hoy ese padrino parece ser Adán Augusto López Hernández.

Durante años fue operador clave, hombre de confianza, puente entre grupos y figura de peso dentro del proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Su cercanía con el poder lo convirtió en respaldo, escudo y plataforma de lanzamiento para no pocos actores políticos. Nombres como Andrea Chávez, Rutilio Escandón y otros que crecieron bajo su sombra hoy observan un nuevo escenario: uno donde ese paraguas ya no cubre.

Lo que se percibe no es solo el desgaste natural de una figura política, sino un proceso de aislamiento. Versiones periodísticas señalan que su intento por ocupar un cargo diplomático no prosperó. Más allá de la veracidad puntual de cada episodio, el mensaje político es claro: su margen de maniobra se redujo. Y en política, cuando se reduce el margen, se multiplican las distancias.

Quienes ayer presumían cercanía, hoy moderan el discurso. Los abrazos se vuelven saludos de lejos. Las fotos compartidas se reemplazan por silencios estratégicos. No es un fenómeno nuevo, pero sí revelador: la lealtad en el poder suele ser proporcional al tamaño del beneficio.

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Su salida de la coordinación de Morena en el Senado —presentada formalmente como renuncia, pero leída por muchos como un desplazamiento— marca un punto de quiebre. No se trata solo de un movimiento interno; es una señal de reacomodo. Cuando una figura de ese nivel pierde posición, no cae sola: tambalea una red completa.

Analistas han comenzado a hablar de un distanciamiento dentro de su propio partido, alimentado por señalamientos, filtraciones y tensiones internas. Aún sin resoluciones definitivas, el daño político muchas veces ocurre antes que el jurídico. En la arena pública, la percepción pesa tanto como los expedientes.

La pregunta no es únicamente qué pasará con Adán Augusto. La pregunta es cuántos más verán debilitada su fuerza al perder el respaldo que los impulsó. Porque si algo demuestra este momento es que buena parte de la clase política no construyó liderazgo propio, sino dependencia.

Y cuando el padrino cae, los ahijados quedan a la intemperie.