Sin política territorial ni proyecto urbano, quedan los colores, los símbolos y el folclor sobre una ciudad colapsada.
Urbanismo cosmético para maquillar una gestión desastrosa.
Jimena de Gortari
Con brochas en mano, el gobierno pretende “maquillar” que la Ciudad de México se cae a pedazos. Avenidas destruidas, ambulantaje, estaciones del Metro abandonadas, puentes deteriorados y calles llenas de baches exhiben el colapso urbano, sin embargo, la prioridad para el gobierno parece ser pintar bardas, puentes y espacios públicos antes del arranque el Mundial de Futbol 2026.
La apuesta es maquillar el desastre para las cámaras internacionales y esconder, aunque sea por unas semanas, la realidad de una ciudad atrapada entre la inseguridad, una pésima movilidad y el abandono.
Ciudad colapsada
La capital dejó de ser una ciudad funcional hace tiempo. Trasladarse es una condena diaria. Ante la falta de una política seria de movilidad, millones de personas pasan horas atrapadas en un tráfico interminable.
Aunque el gobierno mantenga su narrativa de la “transformación”, la CDMX es una ciudad paralizada. De ahí que Clara Brugada pida que durante el Mundial la gente se quede en casa, con clases a distancia y trabajo remoto, para tratar de evitar que los visitantes vivan el colapso total ya cotidiano que viven millones de mexicanos.
El Metro opera bajo condiciones alarmantes: retrasos, fallas eléctricas, estaciones deterioradas y accidentes que ya forman parte de la rutina. Después de tragedias y múltiples incidentes, el sistema sigue funcionando bajo improvisación, sin un plan integral de mantenimiento y renovación. Mientras otras capitales invierten en infraestructura moderna y conectividad eficiente, la CDMX continúa parchando un sistema agotado.
La falta de planeación y regulación de los espacios ha resultado en una expansión desordenada que terminó por obligar a millones a depender del automóvil, simplemente porque no existen alternativas suficientes, seguras y eficientes.
La ciudad rebasada se asfixia por el tráfico y la contaminación. La movilidad pasó de ser un problema técnico a una crisis social que deteriora la calidad de vida.
Maquillaje y propaganda
Pero, en medio del caos, al gobierno se le ocurre pintar puentes, colocar luminarias y rehabilitar superficialmente algunos espacios públicos. Una estrategia de maquillar y ocultar que no resolverá el deterioro, pura propaganda urbana disfrazada de renovación.
La misma lógica de siempre: invertir en lo que sale en la foto, no en lo que mejora la vida de la gente.
El símbolo del fracaso persiste con avenidas destruidas, baches, fugas, banquetas rotas y obras interminables que acaban formando parte del paisaje cotidiano. En zonas enteras la infraestructura urbana parece abandonada desde hace años.
Aunque el discurso oficial insista en vender una ciudad “innovadora”, “sustentable” y “de vanguardia”. Lo cierto es que la distancia entre propaganda y realidad nunca había sido tan grande.
La capital parece un gran tianguis. El comercio informal prácticamente se adueñó de calles y banquetas bajo la tolerancia de las autoridades porque desde hace años el espacio público se convirtió en moneda electoral.
La ciudad ya no se planea. Se administra con ocurrencias, improvisaciones y decisiones de corto plazo. Sin una visión integral de crecimiento urbano, movilidad, seguridad ni infraestructura.
Inseguridad y gobernabilidad
Al deterioro urbano se suma el institucional y social. La inseguridad crece, la sensación de miedo se multiplica y se replica en prácticamente toda la capital: robos, asaltos y extorsiones suben mientras el gobierno lejos de generar confianza, transmite una sensación de incapacidad.
Un caso simbólico es el asesinato de dos colaboradores cercanos de Clara Brugada. Un crimen que sacudió a la ciudad y que aún permanece sin resolverse.
El mensaje para los habitantes es preocupante: si ni siquiera un caso de esa magnitud logra esclarecerse ni generar confianza pública, en la capital ya nadie está realmente seguro.
Otro elemento del paisaje urbano es el enojo social: marchas, bloqueos y protestas paralizan avenidas prácticamente todos los días porque la autoridad no cumple con su obligación de resolver problemas de fondo.
La realidad es que la capital opera a pesar de su saturación absoluta: tráfico colapsado, servicios insuficientes y una autoridad que se ocupa más de la narrativa política que de la gobernabilidad.
Un evento de la magnitud del Mundial debería ser una oportunidad para transformar de verdad: modernizar transporte, rehabilitar infraestructura y recuperar espacios públicos de forma seria. Pero todo indica que podría terminar convertido en otra gigantesca operación de maquillaje político.
La Ciudad de México no necesita pintura (de pésimo gusto). Necesita reconstrucción. Porque no se moderniza pintando puentes, sino garantizando seguridad, movilidad eficiente, transporte digno y calidad de vida. Y hoy, la ciudad está muy lejos de eso.
X: @diaz_manuel





