Nuestra huella digital es capaz de reconstruir una personalidad a partir de lo que compartimos o de nuestro estilo para comentar publicaciones y para referirnos a otros, como esas palabras únicas para los seres que amamos o los apodos amistosos con los que seguimos nombrando a alguien.
Esa memoria permite que se ofrezca un servicio peculiar en el que alguien escribe un mensaje de buenas noches y recibe respuesta de quien murió hace años. En 2020, un canadiense alimentó un programa llamado Project December con los mensajes de su prometida fallecida. Lo había creado un programador independiente sobre GPT-3. Lo que sintió fue consuelo. Hoy, esa escena se vende como un servicio y en realidad, la ética de la ciencia abre muchos caminos para discutirlo. En primer lugar porque nuestras interacciones y mensajes suelen estar destinados a una comunicación de un solo uso, o sea, que mandamos textos o hacemos publicaciones sin aceptar o siquiera imaginarnos que al morir, ese material podría recrear una versión digital nuestra que obviamente, podría mal representar lo que somos o lo que pensamos.
Un estudio de la Universidad de Kent y la de Memphis entrevistó a diez personas que usaron estos bots y concluyó que les ayudaron a procesar el dolor de formas que su entorno social no siempre permite. Su metodología es cuestionada porque el número de personas no es siquiera representativa de una comunidad específica. Los participantes valoraron que el bot no juzga ni impone plazos para “superar” la pérdida. Esas diez personas no son una evidencia, pero sobre ellas se está construyendo una industria. La muerte ha sido tema sin resolver de la humanidad al grado que existen rituales y explicaciones racionales para poder procesarlo en todas las religiones y culturas. De hecho, la consciencia sobre los muertos ha sido elemento de humanidad, pues algo que nos hace distinto a los animales que no son humanos es que nosotros en todas las culturas y tiempos, rendimos rituales para despedir y asimilar a los seres que mueren.
Esta industria rompe con ese proceso. Los chatbots muertos no son solamente capítulo de BlackMirror, de hecho, una de las primeras empresas en diseñar modelos de bots inspirados en fallecidos para hablar con sus seres queridos fue StoryFile y se declaró en quiebra en 2024, con 1,5 millones de dólares en activos y 10,5 millones en deudas. Eternos, que ganó fama al ayudar a un enfermo terminal a dejar una réplica de sí mismo, se rebautizó como Uare.ai y giró hacia gemelos digitales para personas vivas, porque la mayoría de sus interesados no se preparaban para morir. Y HereAfter AI, la pionera del género, aparece según un rastreador independiente de proyectos de IA caídos como cerrada: en julio de 2026 publicó un aviso de despedida sin fecha límite y, a mediados de agosto, su sitio ya no cargaba. (Casi todo el detalle sobre ese cierre proviene de una empresa competidora, así que conviene tomarlo con cautela).
Aquí hay dos tipos de chatbots. En el caso de los pacientes terminales, fueron ellos mismos quienes aceptaron anticipar su propia muerte para dejar un archivo digital de sus propias mentes, para que así, hubiese una mayor cantidad de información que los modelos largos de lenguaje pudieran tomar para responder inquietudes a sus seres queridos. Esos modelos, como cualquier IA de chat, funciona a partir de probabilidades por lo que los “huecos” entre lo declarado por el paciente y lo preguntado por su ser querido puede ser llenado por lo que tendría mayor probabilidad de opinar el paciente fallecido. O sea, que encima de obstaculizar el duelo natural en el que el cerebro humano debe procesar una pérdida, aquellos chatbots de muertos pueden ser simple mentira e imposición de opiniones que el paciente nunca tuvo pero que la IA considera más probables.
No es casualidad que en momentos tan vulnerables, los familiares de personas fallecidas hayan desarrollado adicción al chatbots y que perder posteriormente el acceso al bot pueda vivirse como perder a la persona por segunda vez. Estamos entregando una de las experiencias más vulnerables de la vida a empresas con una esperanza de vida de pocos años y cuyos contratos casi nunca dicen qué pasa con “tu madre” cuando el servidor se apaga.
Hay un segundo problema que debe remarcarse porque el bot no es la persona. Cada respuesta combina los datos del fallecido con las indicaciones de quien está de luto, las predicciones de un modelo y las decisiones de diseño de una empresa. Lo que parece conservación es en realidad creación. El bot puede decir cosas que la persona nunca habría dicho y con el tiempo esas frases inventadas se mezclan con los recuerdos reales. Quien lleva el control del negocio no es el difunto, que ya no puede renegociar nada.
Los investigadores de Cambridge lo plantean con una crudeza útil: las personas pueden desarrollar vínculos emocionales fuertes con estas simulaciones, lo que las hace especialmente vulnerables a la manipulación. Imaginen un servicio de suscripción cuyo producto es una abuela que, pasada la prueba gratuita, empieza a recomendar productos. Suena exagerado hasta que se recuerda que el incentivo económico de la empresa es que el familiar doliente no se despida nunca. Un duelo que termina es un cliente que cancela, por lo que el modelo de negocios, en realidad, es el trauma y la no superación del mismo.
La mayoría de los servicios se nutren de datos de personas fallecidas que nunca aceptaron ser recreadas. Las alternativas más cuidadosas, como las que se construyen con grabaciones hechas en vida y por voluntad propia, son justamente las que más han tropezado comercialmente.
En este día de muertos, vale la pena decir que se trata del sector crece donde hay menos reglas. En China, una empresa cobra entre 1.400 y 2.800 dólares por un avatar básico. Mucha gente, además, ni siquiera usa herramientas pensadas para el duelo, solo recurre a apps de compañía genéricas, sin ningún protocolo para quien está frágil.
Las legislaciones sobre dignidad después de morir no contemplan este tipo de cosas. En la Ciudad de México recién se incorporó una iniciativa que permite disponer de bienes digitales como cuentas de redes sociales en el testamento. No me parece apropiado decirles que su consuelo es ilegítimo. Pero tampoco es una terapia. Es un producto comercial, con incentivos comerciales, probado en muy pocos casos y sin garantía de continuidad.
Si alguien, pese a todo, decide probarlo, hay dos cautelas razonables. Primero, mantener el uso acotado y acompañado de personas profesionales reales, como especialistas en duelo que también son llamados tanatólogos. Después, desconfiar de cualquier servicio que no diga claramente qué ocurrirá con sus datos si cierra y desconfiar de aquellos que prometan respuestas sin límite o servicio permanente. Si el apego al bot empieza a desplazar la vida cotidiana, esa es una señal para buscar ayuda profesional, no otro suscripción.
El duelo es un proceso natural para aceptar la ausencia que es real. Una tecnología que promete borrar la ausencia merece, como mínimo, que le exijamos más de lo que le exigimos hoy. La muerte implica el cese de interacciones con la persona que se ha ido en tanto que un modelo representa un objeto para ciertos fines y con ciertas idealizaciones. Lo menos saludable que podría suceder es que el pensamiento mágico le haga pensar a los usuarios de este tipo de plataformas que la persona fallecida “envía señales”.
El hecho es que a los documentos testamentarios, así como a las declaraciones de voluntad anticipada debemos de agregarle una declaración: ¿aceptamos o rechazamos que nuestra huella digital sea utilizada para crear chatbots personalizados que puedan suplantar nuestra identidad cuando fallezcamos? ¿Queremos ser emulados para brindar respuestas a consultas de nuestros familiares y seres queridos que no superan habernos perdido? ¿Y si esas respuestas generadas por IA no se ajusta a lo que realmente les diríamos? Por favor, dejen a sus muertos descansar y pregunten lo que quieran a sus seres queridos en vida.



