“La política consiste en hacer creer”.

Nicolás Maquiavelo

“Nada se parece tanto a la acción como la agitación inútil”.

Winston Churchill

A tres días del Mundial, la Ciudad de México debería estar hablando de obras terminadas, infraestructura lista, movilidad garantizada y servicios funcionando a la altura de uno de los eventos más importantes del planeta. Sin embargo, buena parte de la conversación pública gira alrededor de banquetas pintadas, ajolotes convertidos en mascota gubernamental, récords Guinness y una interminable sucesión de actos promocionales que parecen diseñados más para impulsar una candidatura que para resolver los problemas de una metrópoli de más de nueve millones de habitantes.

La explicación más simple es que Clara Brugada descubrió algo muy útil: el Mundial funciona como una plataforma política y a la vez una coartada. Todo puede justificarse en nombre del Mundial.

Si se pinta media ciudad de morado, es por el Mundial. Si aparecen ajolotes hasta en la sopa, es por el Mundial. Si se organiza la ola humana más grande del planeta, es por el Mundial. Si se multiplican los actos mediáticos, las inauguraciones apresuradas y los anuncios espectaculares, también es por el Mundial.

El quid es que una ciudad no se gobierna con campañas de imagen. Y la Ciudad de México arrastra problemas demasiado graves como para pretender que unas cuantas cubetas de pintura puedan ocultarlos.

La administración capitalina decidió pintar banquetas de morado bajo el argumento de que ese es el color de las mujeres. La idea podría parecer noble si no fuera porque la realidad insiste en arruinar la propaganda. La capital continúa figurando entre las entidades con MAYORES índices de violencia contra las mujeres, violencia familiar, extorsión y delitos que las afectan directamente. Declarar que la Ciudad de México es “la ciudad de las mujeres libres y seguras” no modifica los datos. A veces ocurre exactamente lo contrario: mientras más grandilocuente es el eslogan, más evidente se vuelve la distancia con la realidad.

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Pero además apareció un detalle incómodo. La señalización vial tuvo que volver a pintarse de amarillo porque las normas de seguridad así lo exigen. Resultado: doble gasto, doble trabajo y una demostración involuntaria de que la improvisación también puede presupuestarse.

Algo parecido ocurre con el ajolote. El anfibio más famoso del país fue ascendido a categoría de herramienta de mercadotecnia gubernamental. Está en murales, campañas, promocionales y propaganda institucional. Lo que sigue sin aparecer con la misma intensidad es una estrategia igualmente vistosa para rescatar el ecosistema donde sobrevive la especie. Al parecer, para ciertos gobiernos resulta más sencillo pintar ajolotes que salvarlos.

La lógica se repite en prácticamente todos los frentes. Mientras las lluvias vuelven a exhibir problemas históricos de drenaje e inundaciones, la prioridad parece estar en aquello que produce fotografías atractivas. El desazolve no genera likes. Las obras de mantenimiento rara vez se vuelven virales. Las banquetas recién pintadas sí.

Quizá por eso algunas de las obras más presumidas terminan envejeciendo con una velocidad extraordinaria. Infraestructura recién inaugurada que ya presenta filtraciones, goteras, encharcamientos o desperfectos. Proyectos que parecieran diseñados para la ceremonia de inauguración más que para resistir el uso cotidiano.

El caso de la llamada calzada flotante es particularmente ilustrativo. Presentada como una obra emblemática, terminó enfrentando cuestionamientos por costos, problemas de drenaje y daños apenas llegaron las primeras lluvias. Hay proyectos que aspiran a convertirse en legado. Otros parecen empeñados en convertirse en auditoría.

Lo mismo ocurre con las fallas reportadas en instalaciones recién intervenidas del Metro. Ahí la explicación oficial resultó aún más reveladora: la culpa fue del retraso en la asignación de recursos federales. Curiosa forma de gobernar. Cuando llega el momento de cortar listones, el mérito es propio. Cuando aparecen los problemas, la responsabilidad siempre vive en otra oficina.

Sin embargo, el episodio que mejor resume el espíritu de esta administración quizá sea el récord Guinness de la ola humana más grande del mundo. Miles de personas levantando los brazos al mismo tiempo. Un certificado internacional. Fotografías espectaculares. Titulares asegurados. Y una pregunta inevitable: ¿exactamente cuál de los problemas de la Ciudad de México quedó resuelto gracias a semejante hazaña?

La escena parece extraída de un manual moderno de comunicación política: generar ruido para evitar preguntas. Crear espectáculo para desplazar la discusión. Sustituir resultados por narrativa.

No es casualidad. Desde hace años, numerosos estudios de políticas públicas advierten sobre la tentación de convertir el gobierno en una maquinaria de comunicación. La gestión se vuelve secundaria; la percepción se vuelve central. Lo importante ya no es resolver el problema, sino controlar la conversación sobre el problema.

Y ahí es donde aparece el verdadero trasfondo de esta historia. Porque el Mundial no es solamente un evento deportivo.

También es una plataforma política gigantesca. Millones de espectadores, cobertura internacional permanente, atención mediática concentrada y una vitrina inmejorable para quien gobierna la capital. Resulta difícil creer que alguien con aspiraciones nacionales no esté pensando ya en el escenario de 2030.

Por eso, la pregunta relevante no es cuánto costó una pintada, una ola humana o una campaña promocional. Si estamos observando a un gobierno preparar una ciudad o una candidatura preparando una campaña.

En Morena también lo saben. El desempeño de la Ciudad de México durante el Mundial será observado con enorme atención por quienes ya piensan en la próxima sucesión presidencial. Si la organización funciona, Clara Brugada podrá presumir que estuvo a la altura del desafío. Si las obras fallan, la movilidad colapsa o los problemas se multiplican ante los ojos del mundo, la factura política será considerable.

Clara Brugada parece haber encontrado en el Mundial la coartada perfecta para convertir la administración pública en una campaña permanente.

Paradójicamente, el mayor adversario de Clara Brugada no parece estar en la oposición. Está en la realidad. Porque las campañas sobreviven de expectativas. Los gobiernos sobreviven de resultados. Y el Mundial, a diferencia de los actos promocionales, sí tendrá un marcador final.

Giros de la Perinola

(1) La empresa Impacto en Imagen y Color se ha convertido en una de las grandes ganadoras de la fiebre cromática gubernamental. Tan solo en 2025 ha recibido contratos millonarios relacionados con trabajos de pintura. La pregunta ya no es de qué color quieren pintar la ciudad. La pregunta es quién está haciendo negocio con cada brochazo.

(2) La llamada calzada flotante, presumida como una de las obras insignia de la administración, enfrenta cuestionamientos por costos cercanos a los dos mil millones de pesos y por fallas exhibidas apenas llegaron las primeras lluvias. Algunas obras aspiran a convertirse en símbolo de modernidad. Otras parecen destinadas a convertirse en caso de estudio sobre cómo gastar mucho para obtener poco.

(3) Clara Brugada trabaja para su candidatura, pero quizá el que al final tenga que salir a lucir y resolver entuertos —esperemos no tragedias— sea su archienemigo, Omar García Harfuch. Uno no sabe realmente para quien trabaja…

El Mundial puede convertirse, así, en el examen político más importante de ambos bandos morenistas rumbo a 2030.