La diplomacia no es un libreto de consignas para llenar conferencias matutinas. Es el Estado mexicano ante el mundo. Representa la defensa de nuestros intereses, la protección de nuestros migrantes y la articulación estratégica de alianzas.

Con la Cuarta Transformación vemos la degradación deliberada de funcionarios de carrera sustituidos por cuotas políticas, prebendas partidistas y amigos funcionales al poder que dan como resultado una diplomacia maltrecha, con embajadas que se dan como premio, consolación, protección o exilio, y consulados convertidos en oficinas de amistades mal seleccionadas.

Servicio Exterior denigrado

Que uno de cada tres embajadores de México sea nombrado por motivos políticos, es decir sin pertenecer al Servicio Exterior Mexicano, es síntoma de que algo está mal. Actualmente, de las aproximadamente 80 embajadas, 24 están a cargo de personas sin carrera diplomática, sin experiencia internacional previa, ni formación consular, que fueron nombrados por acuerdos que nada tienen que ver con la representatividad del país: Quirino Ordaz de Sinaloa, Claudia Pavlovich de Sonora, Carlos Miguel Aysa de Campeche, Omar Fayad de Hidalgo o Carlos Joaquín.

Un ejemplo reciente es el caso de Josefa González-Blanco Ortiz-Mena, embajadora en el Reino Unido. Su nombramiento fue polémico desde el inicio: exsecretaria de Medio Ambiente que renunció tras una polémica por retrasar un vuelo comercial en 2019, un incidente que la colocó en el centro de críticas y cuestionamientos públicos.

Pero lo que siguió en Londres fue aún más grave: reportes internos y testimonios de trabajadores que suman hasta 16 denuncias por acoso laboral y hostigamiento. El ambiente laboral fue descrito como caótico y opresivo, y donde la titular funcionaba más que como diplomática, como guardiana y protectora del hijo menor de AMLO.

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El caso no es aislado. Isabel Arvide Limón, nombrada cónsul en Estambul, una ciudad estratégica, llegó sin formación diplomática y pronto fue protagonista de filtraciones de audios y comportamientos de maltrato hacia su propio personal, dejando ver que su nominación respondía a favores políticos.

La lista de fiascos continúa. Jorge Islas López, quien tras ser cónsul general en Nueva York y acumular múltiples denuncias por violencia y acoso laboral, según testimonios recopilados, terminó rechazando el cargo por la presión pública, para ser propuesto como coordinador general de los Consulados de México, una posición que implica supervisar la actividad consular en todo el mundo. Si algo muestra esta decisión, es la impunidad institucional que protege a quienes tienen respaldo político, sin importar su historial ni la gravedad de las quejas.

La alternancia ideológica

En administraciones pasadas las embajadas de países estratégicos estuvieron a cargo de diplomáticos de carrera de amplio prestigio internacional, en Reino Unido, Julián Ventura Valero o Diego Gómez Pickering, cuyas trayectorias hablaban de décadas de experiencia profesional. Hoy, esa plaza, la más importante de Europa, la ocupa alguien que llegó por cercanía política y cuyo legado ha sido comparar ineficiencia con reputación.

Incluso en la embajada de Estados Unidos, AMLO había nombrado a una embajadora de carrera, como Martha Bárcena quien duró muy poco porque chocó con las políticas cuatroteistas y en su lugar pusieron a Esteban Moctezuma, un embajador falto de carácter y de conocimiento, pero que representaba muy bien los acuerdos políticos de AMLO, que fue ratificado en su cargo en la nueva administración.

Consecuencias palpables

La degradación de la diplomacia mexicana, desde la designación de embajadores y cónsules sin carrera hasta la tolerancia institucional de malas prácticas, lleva a relaciones internacionales menos efectivas, reputación deteriorada y una Cancillería subordinada a decisiones partidistas que pasa de la defensa de los intereses nacionales.

Graves situaciones se han presentado, como poner en pausa las relaciones diplomáticas con España, que varios países hayan considerado personas non gratas a los embajadores, o el ridículo orquestado en contra del Parlamento Europeo de llamarlos borregos en una carta que generó burla internacional.

Con la misma lógica se han seleccionado cónsules en regiones críticas. En Estados Unidos, una de las representaciones más importantes para México, empleados han denunciado ambientes laborales tóxicos que permanecen impunes por años, con titulares que continúan pese al desgaste institucional.

El alto costo

La diplomacia mexicana pierde capacidad estratégica mientras se engrosa la nómina de embajadores y cónsules con perfiles improvisados y la consecuencia es doblemente grave: refuerza la percepción de que no responden al interés nacional, sino a lealtades y acuerdos políticos, y se debilita la defensa institucional de México en el extranjero.

La política exterior no es una extensión de la política doméstica, ni premio ni cuota de partido. Es un instrumento del Estado que exige profesionalismo, rigor, experiencia y disciplina. Cada embajada mal ocupada, cada consulado mal gestionado y cada diplomático desplazado por un improvisado erosiona la capacidad de México para negociar, proteger a sus ciudadanos y proyectar influencia internacional.

La diplomacia no se gestiona en conferencias matutinas ni en frases retóricas de redes sociales sino en el rigor técnico, respeto mutuo y estrategia, algo que México necesita urgentemente antes de que el daño sea irreversible.

Frente al entorno internacional complicado, la política exterior ideologizada, útil para fines personales y para cubrir cuotas políticas o para comprar conciencias, deja al país en una situación de indefensión y debilidad institucional.

X: @diaz_manuel