I. Visconti y Camus

El 17 de marzo próximo, cumple 50 años de fallecido Luchino Visconti (1906-1976). Que sirva esa fecha como pretexto para hacer un reconocimiento al artista –con intereses, además del cine, en el teatro y la ópera, en particular en su trabajo con María Callas–, que tuvo la cualidad de trasladar con fidelidad extraordinaria, El extranjero (1942), la novela de Albert Camus, al cine. Un fenómeno complejo de transposición que muy pocas veces es alcanzado con éxito absoluto, ya sea a través del guion en el cine o el libreto en la ópera.

En la ópera existe un ejemplo brillantísimo: cómo Richard Strauss logró una transposición prácticamente perfecta de la Salomé de Oscar Wilde (1891) a la escena musical; sólo cambió el idioma, del francés original en que está escrita la tragedia, al alemán en que se canta la ópera.

Ese proceso de transposición (que es parte de la llamada intermedialidad) queda la mayoría de las veces en mera adaptación, completa o parcial, con la necesaria selección y mutilación de escenas, o en la adaptación libre, que respeta todavía mucho menos al autor de la obra original. De ahí que cuando se alcanza la perfección de un arte expresado en otro arte, no queda más que la admiración y aun el arrobamiento estético.

Vinculado al género operístico desde la infancia dada la antigua presencia familiar en dicho fenómeno escénico musical, Visconti (criticado incluso por su ascendencia aristocrática, aunque se asumiera como marxista), alcanzó su cénit artístico como director de ópera al colaborar con María Callas en La Traviata, Anna Bolena, Ifigenia en Táuride y La Sonnambula para la Scala de Milán; en María Callas tal cual ellos la vieron (Diana, 1990), Visconti ofrece el testimonio de su inusual y productivo encuentro con la artista griega. En su repertorio como director cinematográfico, destacan películas como Obsesión, La tierra tiembla, Rocco y sus hermanos, El gatopardo, Muerte en Venecia y El extranjero. También dirigió teatro con frecuencia, obras de Cocteau, Hemingway, Sartre, Williams, Miller, Chéjov, Strindberg, Ginzburg o Shakespeare y algunas tragedias griegas; también dirigió ballet.

Siempre que he presenciado la ópera Salomé (1905), pienso en las virtudes de Strauss como libretista y compositor, y cuando repito la película El extranjero (1967), releo los nombres de los cuatro guionistas involucrados: Suso Cecchi D’Amico, Georges Conchon, Emmanuel Robles y el propio Luchino Visconti. Pero además de la fiel y extraordinaria transposición de la novela a la película, el cineasta logró algo muy particular: recrear la atmósfera asfixiante del escenario de la narración y encarnar cabalmente al protagonista Meursault en Marcello Mastroianni. Esto, en oposición al crítico Pepe Gutiérrez-Álvarez, que considera la película como una “malograda adaptación” de la novela, “uno de los fracasos del director” (en “Luchino Visconti sigue vivo”; Cinereverso, 18-03-21)

Las columnas más leídas de hoy

Hace no mucho tiempo escribí una escaleta de la novela de Camus que bien puede leerse como síntesis previa a la vista de la película. Por cierto, La peste, otra novela del escritor francés no tuvo la misma suerte que El extranjero, pues padeció una mala adaptación al cine por Luis Puenzo (1993). Pero alrededor de Camus he escrito varios comentarios, entre ellos, sobre su novela póstuma El primer hombre, que en términos cronológicos fue publicada como última siendo la primera escrita, aunque inconclusa; fue llevada al cine en 2011 por Gianni Amelio, quien también escribió el guion. Lejos de los hombres, de 2014, es una película (y guion) de David Oelhoffen, basada en “El invitado” (o “El huésped”), un cuento de El exilio y el reino. Y ya hay una nueva versión de El extranjero, escrita y dirigida por François Ozon de 2025. Como se ve, Albert Camus continúa siendo fuente original de inspiración para la creación transmedial que tuvo una manifestación ejemplar en el filme de Visconti.

II. Escaleta de la novela El extranjero:

Narrada en primera persona, la obra se divide en dos partes: VI capítulos la Primera, V la Segunda. División marcada por el momento esencial de la novela: el asesinato cometido por Arthur Meursault, el protagonista, y su arresto.

Comienza con la muerte y sepelio de la madre de Meursault, hombre francés-argelino oficinista, en la tercera década del siglo XX, antes de que Argelia obtenga su independencia (periodo colonial: 1830-1962).

Meursault, hombre que no pide ni concede mucho a la vida, ateo, sobrevive simplemente porque ha nacido y existe. Acontecimientos aparentemente nimios de este primer cuadro tendrán graves consecuencias en el segundo. No llorar la muerte de su madre, negarse a ver su cadáver, tomar café con leche y fumar durante el velatorio. Ir a la playa al día siguiente del entierro y encontrar a una excompañera de trabajo, María, ir juntos a una película de Fernandel y empezar esa noche una relación erótica. Un vecino de mala reputación, Raimundo, le pide escribir una carta despechada a una expareja árabe. Lo que él quiere es “castigarla” por una supuesta traición y golpearla; lo cual logra. Después, cuando los amigos van a la playa, les sigue un hermano de la mujer con otros árabes. Los dos bandos se encuentran frente al mar y pelean. Terminada la riña y sin saber por qué, Meursault camina y vuelve solo al sitio del pleito y se encuentra frente a uno de los árabes. Agobiado por el calor, el insoportable resplandor rojo del mar y cegado por la intensidad del sol y el sudor en los ojos, se siente amenazado, saca el revólver que Raimundo le había dado, y dispara; espera un instante y dispara cuatro veces más. “Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz”.

Durante la Primera Parte, hay una atmósfera implacable en torno a los personajes: calor sofocante producto del sol incandescente.

La Segunda Parte desarrolla el juicio del asesino. Investigan la vida de Meursault para usar los datos en contra suya; la pasividad de este no ayuda a la defensa. Por recluir a la madre en un asilo, no recordar su edad, no llorarla muerta ni ver su cadáver, su calma, tomar café con leche, fumar y adormilarse durante el funeral, ir a la playa al día siguiente, ver la película de un cómico e iniciar una relación extramarital, y por no creer en dios, Meursault es acusado de insensibilidad y de sepultar a su madre con el ánimo de un criminal. La defensa pronuncia lo absurdo de juzgar al imputado por el asesinato de un hombre, mas condenarlo por no llorar a su madre muerta. Sentencia: decapitación en plaza pública.

Mientras espera la ejecución, el hombre duerme durante el día, vigila durante la noche; tiene un miedo natural. La visita de un sacerdote es la dramática escena culminante. Estalla al fin el condenado y libera su amargura, echa en cara al cura lo absurdo de la existencia. Ya en calma, sólo desea que el día de su ejecución haya “muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.

Durante la Segunda Parte, como en la Primera, el calor y el sudor sofocan a los personajes. Cuando le preguntan a Meursault por qué ha matado, responde que por azar, por el sol.

Reflexión final

En realidad, Meursault es condenado por su “insensibilidad” a los patrones “normales”, “tradicionales” o convencionales de la sociedad –es un extraño, un extranjero en ella–, por contravenirlos no por rebeldía sino por la conciencia del absurdo de la existencia. Por eso, ante la magnífica oferta de irse a trabajar y vivir en París, dice que le da igual, la vida no cambia nunca, todas las vidas valen lo mismo, y se queda en Argel.

Como en la obras de teatro de Sartre o su novela La náusea, que desarrollan la filosofía del existencialismo, en Camus es el absurdo lo que subyace y contextualiza esta obra de 1942 –primera novela formal–, tiempo en que escribía la aproximación a su filosofía en El mito de Sísifo; al que seguirá diez años después El hombre rebelde (1951). Absurdo cuya cuestión esencial es una pregunta, dice Camus, ¿vale la vida la pena de vivirse o no?

Y aquí va el enlace de la película de Luchino Visconti:

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo