«Fui un gran enemigo de la monarquía antes de venir a Europa

Ahora lo soy diez mil veces más desde que he visto lo que son”.

Carta de Thomas Jefferson a George Washington

Mientras el mundo se debate entre regímenes populistas que no son otra cosa más que la representación del nuevo fascismo o de una nueva monarquía, impulsada en gran medida por el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la sociedad estadounidense, de firmes principios, como la democracia y el federalismo, salió masivamente a las calles para manifestarse en contra de sus políticas.

En más de tres mil ciudades, de Nueva York a Los Ángeles, de Chicago a Houston, millones de personas salieron con una consigna que resume claramente el clima político actual: No Kings: “No queremos rey”. Una frase que no es una metáfora, es una acusación directa.

Las protestas No Kings lograron reunir entre ocho y nueve millones de participantes en una sola jornada, extendiéndose esta vez a comunidades rurales y tradicionalmente conservadoras.

Multitudes con un mensaje común

Las marchas no se limitan a los grandes bastiones liberales, abarcan Nueva York, Washington, Chicago y Los Ángeles e incluso ciudades como San Antonio, Houston o Minneapolis, que en uno de los actos reunió a decenas de miles de personas.

El comportamiento, extensión y alcance del movimiento importa porque muestra que la protesta dejó de ser exclusiva de zonas urbanas para permear a diversos territorios, reflejando un rechazo cada vez más amplio con el rumbo del país.

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Aunque plural, el mensaje que enarbolan mantiene algunos ejes claros: rechazo a las redadas migratorias y el papel del ICE; oposición a la guerra en Irán; defensa de derechos civiles; crítica al aumento del costo de vida; y denuncia de un estilo de gobierno considerado autoritario.

La idea que más se repite en las pancartas y discursos es que Estados Unidos no eligió una monarquía.

La tentación autoritaria

El movimiento se alimenta del rechazo a las decisiones y actitudes del presidente Donald Trump encaminadas a concentrar el poder, eliminar contrapesos y confrontar a los poderes judicial y legislativo.

Y acciones que han caracterizado su gobierno, como el uso intensivo de órdenes ejecutivas; presión sobre instituciones como la Reserva Federal; acciones militares que no cuentan con un amplio respaldo del Congreso; y políticas migratorias agresivas.

A todo lo anterior se suman gestos simbólicos que han encendido alarmas sobre un posible culto personal del poder, como propuestas de renombrar espacios culturales emblemáticos, que son percibidos como intentos de inscribir su figura en la arquitectura institucional del país.

En ese contexto, la consigna No Kings deja de ser retórica para convertirse en una advertencia y un problema político para el Partido Republicano.

El costo político

Las consecuencias que empiezan a sentirse al interior de la institución republicana incluyen, por un lado, las movilizaciones masivas que exponen un desgaste de la imagen presidencial, con niveles de aprobación a la baja y derrotas que se pueden atribuir al rechazo a su agenda. Por otro, la disyuntiva de cerrar filas con Trump y asumir el costo electoral o marcar distancia, con el riesgo de fracturar su base.

Destaca también la expansión de las protestas hacia estados conservadores, pues sugiere que el descontento podría traducirse en votos, especialmente de cara a las elecciones intermedias, donde territorios tradicionalmente republicanos comienzan a mostrar fisuras y descontento.

Quizá lo más relevante no es el tamaño de las marchas, lo es su narrativa, que toca además de políticas públicas, la naturaleza misma del poder que ejerce Trump.

Cuando millones de personas gritan “no queremos [un] rey” el debate acaba por centrarse en si el sistema político estadounidense sigue funcionando como una república de contrapesos o si está derivando hacia una presidencia sin límites claros.

En la historia de un país como Estados Unidos, que nació rechazando una monarquía, la situación actual muestra el temor de una parte de su sociedad a que regrese bajo otra forma.

El mensaje que envían las protestas no solo es para Estados Unidos: es un rechazo al populismo, sea de izquierda o de derecha, y un llamado al regreso a la democracia republicana, llamado que México debe atender antes de que sea demasiado tarde.

X: @diaz_manuel