Cuando Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia emergió una nueva élite familiar que en pocos años pasó, del discurso de la austeridad al privilegio, la influencia y los negocios.
Los hijos, parientes y amigos del expresidente terminaron convirtiéndose en el mejor botón de muestra de la contradicción del obradorismo: predicar pobreza franciscana mientras vivían como juniors del poder.
José Ramón López Beltrán, Andrés Manuel López Beltrán y Gonzalo Alfonso López Beltrán nunca destacaron por una trayectoria profesional, empresarial o política propia. No construyeron carreras ni sobresalieron antes de 2018. Vivieron siempre bajo la sombra política de su padre y, cuando éste alcanzó la presidencia, tuvieron acceso al verdadero patrimonio familiar: el poder.
A José Ramón, el hijo mayor le llegó el escándalo con la llamada “Casa Gris” de Houston, vinculada con un alto ejecutivo de Baker Hughes, contratista de Pemex.
La imagen vino muy mal para el discurso moralista de Morena: el hijo del presidente viviendo en una residencia de lujo mientras el gobierno defendía la austeridad republicana. Trataron de crear una narrativa para explicarlo, pero fue peor, el supuesto empleo relacionado con Grupo Vidanta y su dueño, Daniel Chávez, empresario cercano al obradorismo.
Negocios del poder y operadores del apellido
Gonzalo Alfonso es quizá el menos visible mediáticamente; tras residir en California y colaborar con la organización de los San Francisco Giants, regresó a México convertido —según diversas versiones políticas y periodísticas— en un operador con influencia dentro del gobierno federal.
Su nombre comenzó a relacionarse con el empresario Amílcar Olán Aparicio y con presuntos esquemas de gestión de contratos y tráfico de influencias. Uno de los episodios más delicados surgió tras la difusión de grabaciones donde Olán y Pedro Salazar Beltrán, primo de los hijos de López Obrador, hablaban sobre materiales utilizados en obras ferroviarias y hacían comentarios sobre posibles fallas futuras: “Ya cuando se descarrile el tren, ya va a ser otro pedo”.
Andrés Manuel López Beltrán, considerado por muchos el heredero político del movimiento. Dentro de Morena fue tratado como una especie de príncipe sexenal, cuyo principal mérito consistía en llevar el apellido de su padre.
Andres Jr., comenzó a construir poder desde la dirigencia de Morena durante la etapa de Yeidckol Polevnsky. Ahí aparecieron las primeras acusaciones relacionadas con manejo irregular de recursos y financiamiento electoral. En una grabación filtrada a los medios se les escuchaba hablando sobre mecanismos indirectos de financiamiento a través de una empresa intermediaria para realizar pagos y trámites relacionados con actividades de campaña de Morena: “Nosotros directamente como partido no podemos hacer ese asunto. Yo me apoyé en una empresa que es conocida nuestra y de confianza”, y mencionaba, “mi papá terminó decidiendo que solo ellos”.
No es de extrañar que uno de los episodios que mejor retrata la contradicción del discurso anticorrupción de Morena sea que el movimiento se financiaba con sobres, mochilas y factureras.
Con el tiempo, Andrés López Beltrán se convirtió en operador político central del obradorismo. Decidía candidaturas, intervenía en negociaciones internas y desplazaba cuadros históricos utilizando su apellido como principal y único capital político.
La aristocracia de la transformación
La gran ironía es que López Obrador pasó décadas denunciando a las élites políticas y empresariales que heredaban privilegios a sus hijos, mientras construía exactamente lo mismo: una dinastía política de juniors mantenidos por el poder.
Criticó durante años a “los hijos de la mafia del poder”, pero convirtió a los suyos en una aristocracia política asociada al influyentismo, los privilegios y la cercanía con el gobierno.
Por eso, la salida de Beltrán de Morena no parece simplemente una decisión personal. Ocurre después de fracasos políticos en procesos estatales, movilizaciones cuestionadas y crecientes versiones sobre investigaciones y reportes relacionados con presuntas redes de tráfico de influencias y de hidrocarburos.
En su carta de renuncia aseguró que buscaría una diputación en Tabasco, estado natal de su padre. Pero inevitablemente surge otra interpretación: podría bajar temporalmente el perfil público para regresar posteriormente con fuero y protección.
Los hijos, familiares y amigos de López Obrador se encargaron de destruir uno de los pilares morales del movimiento: la supuesta superioridad ética. Pasaron de ser los hijos del líder austero a símbolos del poder hereditario, el influyentismo y los privilegios.
Exactamente aquello que durante años prometieron combatir, pero que al final, el obradorismo terminó por perfeccionar: sus propios juniors del bienestar.
X: @diaz_manuel




