En el debate público sobre los tratados comerciales suele repetirse una pregunta incompleta: ¿quién gana y quién pierde? Se cuentan empleos, se comparan balanzas comerciales y se lanzan consignas políticas. Pero rara vez se formula la pregunta correcta: ¿qué valor público han creado —o pueden seguir creando— el TLCAN y el T-MEC para los ciudadanos de Estados Unidos, Canadá y México?

Hablar de “valor público implica ir más allá de las utilidades empresariales o de las estadísticas macroeconómicas. Significa preguntarnos si estos acuerdos han mejorado la vida cotidiana de las personas: si han elevado el ingreso real, fortalecido el empleo, ampliado oportunidades, reducido incertidumbre, mejorado reglas, protegido derechos y construido una región más competitiva y resiliente.

A más de 30 años del TLCAN y casi seis del T-MEC, vale la pena hacer una pausa, mirar con perspectiva y entender qué se ha construido en América del Norte y qué está en juego rumbo a la revisión de 2026.

América del Norte: una fábrica compartida

Uno de los grandes errores del debate comercial es seguir pensando en los países como competidores aislados. La realidad es otra: América del Norte funciona como una sola plataforma productiva, una “fábrica compartida” donde bienes y servicios cruzan fronteras varias veces antes de llegar al consumidor final.

Un automóvil ensamblado en México puede contener acero estadounidense, diseño canadiense, semiconductores asiáticos y logística trinacional. Lo mismo ocurre con alimentos, electrodomésticos, equipo médico o productos digitales.

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Este modelo ha creado un tipo de valor público que pocas veces se reconoce: competitividad colectiva. Ninguno de los tres países sería hoy tan competitivo frente a Asia o Europa sin esta integración profunda.

Estados Unidos: valor público más allá del discurso político

En Estados Unidos, el TLCAN fue durante años un símbolo político incómodo. Se le culpó de la pérdida de empleos industriales, especialmente en ciertas regiones. Pero la evidencia muestra una realidad más compleja —y más honesta—.

1. Ingreso real y productividad

Uno de los mayores beneficios públicos para Estados Unidos ha sido la reducción de costos y el aumento de productividad gracias a insumos más baratos, cadenas eficientes y mayor competencia. Esto se traduce en mayor poder adquisitivo para los consumidores y mejores márgenes para empresas que pueden invertir e innovar.

El propio gobierno estadounidense ha reconocido que el T-MEC, comparado con el escenario previo, incrementa el PIB real y el empleo, en buena medida por la certidumbre en comercio digital y reglas modernas.

2. Empleos: el problema no es el tratado, sino la transición

El comercio no destruye empleos: los transforma. El verdadero desafío ha sido la falta de políticas públicas suficientes para acompañar a los trabajadores desplazados. El valor público se erosiona cuando los beneficios se concentran y los costos se abandonan localmente.

Aquí hay una lección clara: el comercio necesita políticas de ajuste, no discursos de cancelación.

3. Valor estratégico y de seguridad

En un mundo fragmentado, el T-MEC aporta a Estados Unidos algo crucial: seguridad económica. Cadenas de suministro cercanas, confiables y reguladas son hoy un activo estratégico. El valor público no es solo económico; es geopolítico.

Canadá: reglas claras como bien público

Para Canadá, un país altamente dependiente del comercio, el valor público del TLCAN y del T-MEC ha sido aún más evidente.

1. Certidumbre para invertir y crecer

El acceso estable al mercado más grande del mundo no es un lujo; es una condición de desarrollo. El TLCAN permitió a Canadá atraer inversión, escalar empresas y sostener empleos bien remunerados.

El T-MEC, con todos sus retos, preserva esa certidumbre. En tiempos de volatilidad global, las reglas son un bien público.

2. Instituciones que equilibran asimetrías

Para un socio más pequeño, los mecanismos de solución de controversias y las disciplinas comerciales no son detalles técnicos; son seguros institucionales. Permiten que las diferencias se resuelvan con reglas, no con poder.

Ese es valor público en estado puro: previsibilidad frente a la arbitrariedad.

México: transformación estructural, con tareas pendientes

México es quizá el país que más cambió con el TLCAN. No siempre para bien en todas las regiones, pero sí de manera profunda e irreversible.

1. De economía cerrada a plataforma exportadora

Desde 1994, México pasó de ser una economía relativamente cerrada a una de las principales potencias exportadoras del mundo. Las exportaciones como proporción del PIB se triplicaron. Llegaron inversión, tecnología, procesos, estándares.

Ese cambio generó millones de empleos formales y una nueva clase empresarial integrada al mundo.

2. Productividad y aprendizaje

El valor público no está solo en exportar más, sino en aprender cómo producir mejor. El TLCAN trajo competencia, exigencia, transferencia de conocimiento y nuevas prácticas laborales.

Sin embargo, este valor no se distribuyó de manera uniforme. El norte y el centro avanzaron más rápido que el sur. Ahí está una de las grandes deudas del modelo.

3. El T-MEC y la oportunidad laboral

Aquí el T-MEC introduce un elemento nuevo: derechos laborales exigibles. Si se implementan con seriedad, pueden traducirse en mejores salarios, mayor formalidad y relaciones laborales más equilibradas.

Para México, este puede ser el siguiente salto de valor público: pasar de competir solo por costos a competir por calidad institucional y capital humano.

El valor público regional: más que la suma de las partes

Visto como sistema, América del Norte ha generado tres grandes bienes públicos compartidos:

1. Competitividad frente al mundo

La región compite mejor integrada que fragmentada. Romper cadenas no devuelve empleos mágicamente; reduce productividad y encarece la vida.

2. Resiliencia y cercanía

Después de la pandemia, la guerra en Ucrania y las tensiones con China, quedó claro que la proximidad importa. El T-MEC es una herramienta de resiliencia regional.

3. Modernización institucional

El comercio digital, los datos, el medio ambiente y el trabajo son ahora parte del acuerdo. Eso eleva el estándar del debate público.

El reto hacia 2026: cuidar lo construido y corregir lo pendiente

La revisión del T-MEC en 2026 no debe ser una renegociación ideológica, sino una conversación madura sobre cómo ampliar el valor público.

Eso implica:

  • Más políticas de ajuste y capacitación en Estados Unidos y Canadá.
  • Más inclusión regional y Estado de derecho en México.
  • Más cooperación, menos politización.
  • Más visión de América del Norte como proyecto compartido.

Una promesa que sigue vigente

El TLCAN no fue perfecto. El T-MEC tampoco lo es. Pero ambos representan algo más grande que un tratado: la idea de que tres países distintos pueden construir prosperidad juntos bajo reglas compartidas.

En tiempos de polarización y nacionalismo fácil, defender el valor público del comercio es un acto de responsabilidad. No se trata de idealizar acuerdos, sino de mejorarlos para que funcionen para más personas.

América del Norte no es solo un mercado. Es una promesa compartida que no debemos perder. Es una comunidad económica con destino común. Y el valor público que ha creado —y puede seguir creando— depende de que sepamos cuidarla.