Hay partidos que no se ganan en la cancha.
No tienen marcador, no hay árbitro y casi nadie los está viendo. Pero se juegan todos los días. Y muchas veces, quienes más los sufren, son también quienes menos pueden hablar de ellos.
Durante años, nos enseñaron que el deporte era sinónimo de disciplina, de esfuerzo, de superación. Un espacio donde el talento, la constancia y el carácter definían quién ganaba y quién no. Y sí, en muchos casos sigue siendo así. Pero también es cierto que para miles de niñas y mujeres, el deporte ha sido otra cosa: un terreno incómodo, desigual, y muchas veces, silencioso.
Un espacio donde el miedo también compite.
Porque hay violencias que no se ven. No aparecen en las estadísticas del juego ni en los resúmenes del fin de semana. No hacen ruido en las tribunas. Pero están ahí: en un comentario que minimiza, en una oportunidad que no llega, en un trato que incomoda, en una decisión que excluye.
Y lo más grave es que, por mucho tiempo, se normalizaron.
Se normalizó que una deportista tuviera que “aguantarse” para no perder su lugar. Se normalizó que denunciar implicara quedarse fuera. Se normalizó que el talento de una mujer se cuestionara más, se pagara menos o se exigiera el doble. Se normalizó, incluso, que el entorno que debería proteger fuera el mismo que lastima.
Ese es el verdadero problema: no solo la violencia, sino el silencio que la rodea.
Porque cuando una niña tiene que elegir entre su pasión y su seguridad, algo está profundamente mal. Cuando una joven deja el deporte no porque no tenga capacidad, sino porque el entorno se vuelve hostil, estamos perdiendo mucho más que una atleta. Estamos perdiendo confianza, oportunidades y futuro.
Y eso ya no puede ser parte del juego.
Hoy estamos frente a una realidad que no podemos seguir ignorando. No se trata de casos aislados ni de excepciones incómodas. Es un problema estructural que atraviesa disciplinas, niveles y espacios. Y como todo problema estructural, requiere respuestas de fondo.
Por eso, desde el Estado de México, dimos un paso importante: reconocer la violencia en el deporte como lo que es. Nombrarla, visibilizarla y, sobre todo, establecer consecuencias.
Porque lo que no se nombra, no existe. Y lo que no tiene consecuencias, se repite.
Pero también hay que decirlo con claridad: ninguna ley, por sí sola, cambia una realidad si la cultura sigue siendo la misma.
Las reglas pueden modificarse en el papel, pero el verdadero cambio ocurre en lo cotidiano. En cómo hablamos, en cómo tratamos, en lo que permitimos y en lo que ya no estamos dispuestos a tolerar. En dejar de justificar lo injustificable. En dejar de callar lo que incomoda.
Cambiar el juego implica asumir una responsabilidad colectiva, así como entender que el deporte no solo forma atletas, forma personas. Y que el entorno en el que se desarrollan importa tanto como su rendimiento. Implica también construir espacios donde competir no signifique resistir, donde crecer no implique callar y donde el único reto sea mejorar, no sobrevivir.
Porque el objetivo es claro: que ninguna niña tenga que pasar por esto para poder cumplir sus sueños. Que el talento sea suficiente y el esfuerzo sea lo que cuente. Sobre todo, que la cancha vuelva a ser lo que siempre debió ser: un espacio de libertad.
Hoy tenemos la oportunidad de corregir algo que durante años se dejó pasar. De cambiar no solo las reglas, sino la forma en la que entendemos el juego.
Y hay partidos que, como sociedad, no podemos permitirnos perder.





