Donald Trump ha nombrado al Día de la Liberación, lo que en México podría comenzar a llamarse como el Día de la Contraglobalización con el Plan México.

Aunque su apuesta sea establecer reciprocidad económica bajo una compleja formula arancelaria, en el fondo siembra la idea de terminar con la integración económica para privilegiar la industria interna, devolviendo a su país los capitales que para economizar, decidieron instalarse en otras naciones.

En medio de un entorno económico global tenso qué advierte estancamiento y una continuidad en el comercio, de las guerras qué se viven en oriente y Europa, nuestro país ya saborea el inicio de la recesión que acecha incluso a las potencias más consolidadas por la influencia directa de Estados Unidos.

Ese es el contexto en que Claudia Sheinbaum ha presentado los 18 puntos que conforman su Plan México, una ruta de acción que no sólo perfila el rumbo económico del país, sino que redefine el lugar de México frente a la globalización neoliberal. Este plan no es sólo una respuesta técnica a las cifras; es, en esencia, una declaración política que retoma la bandera de la contraglobalización desde el poder institucional. Probablemente, lo más ambicioso y complejo será tener vacunas hechas en México después de que la vacuna Patria contra el COVID 19 no logrará el éxito. La esencia del Plan México son las autonomías. La alimentaria, tecnológica, médica y productiva representada en compromisos puntuales como el vehículo Olinia, el Centro de Datos, Drones, el lanzamiento de un satélite mexicano, medicamentos genéricos y biosimilares.

La contraglobalización no es un capricho ideológico. Es una corriente que ha sido protagonizada por movimientos sociales, campesinos, indígenas, feministas y ambientalistas que, desde hace décadas, han alzado la voz contra los efectos devastadores de un modelo económico que sacrifica la justicia social en nombre del “progreso”. Desde Seattle hasta Chiapas, pasando por Porto Alegre y los pueblos originarios que han defendido sus semillas, la contraglobalización ha representado una apuesta ética por la dignidad, la redistribución, y la autonomía de los pueblos frente a un sistema que uniformiza culturas y concentra riquezas.

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Lo interesante —y potente— del Plan México es que adopta esta visión desde el gobierno mismo, bajo una lógica de equilibrio: no se trata de rechazar los tratados internacionales ni de caer en el aislacionismo económico, sino de recuperar la soberanía nacional sin romper con los marcos de cooperación comercial. Sheinbaum plantea con claridad que el T-MEC se mantiene, pero no a costa de nuestra dignidad ni de nuestros intereses nacionales. Esa es la esencia de este nuevo enfoque: la soberanía no se negocia, se ejerce.

En ese sentido, el Plan México es más que una estrategia económica: es un manifiesto de resistencia inteligente frente a un sistema mundial que sigue favoreciendo la dependencia, la precariedad y la explotación de recursos naturales sin límites. Es también un acto de coherencia con los movimientos que llevaron al poder a la Cuarta Transformación: aquellos que claman por soberanía alimentaria, justicia ambiental y economía popular como pilares de un país más justo.

Los 18 puntos anunciados incluyen medidas para impulsar la producción nacional de alimentos, fortalecer cadenas de valor internas, fomentar la ciencia y la tecnología con sentido social, y cuidar la inversión pública como motor del desarrollo. Lejos de apostar por una falsa austeridad, el gobierno propone un uso estratégico del gasto público, destinado a proteger lo común, generar empleo digno y reducir las brechas estructurales.

Sheinbaum no ignora los riesgos de desaceleración global. Pero su enfoque es otro: no esperar a que la economía mundial “se recupere” para crecer, sino construir desde adentro, desde el campo, desde el barrio, desde el conocimiento local y desde la fuerza del Estado, una economía con rostro humano. Es una propuesta que nos recuerda que la soberanía económica no es un lujo, es una necesidad urgente, sobre todo en un mundo donde las crisis son cada vez más frecuentes y desiguales.

El Plan México es, en resumen, una apuesta por un nuevo equilibrio entre lo global y lo nacional, entre la apertura y la autodeterminación. Un paso audaz hacia una contraglobalización institucional, pacífica y estratégica, que nos invita a creer que otro modelo económico —más justo, más humano y más mexicano sí es posible.

Y como bien lo decía Galeano, mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo. Tal vez este plan sea el comienzo de ese cambio desde el Estado.

X: @ifridaita