La historia enseña que cuando un general llora, no se trata de un gesto sentimental, sino del anuncio de un cambio de época. La civilización, en sus momentos estelares (Stefan Zweig dixit), ha progresado gracias a innumerables personas de bien; entre ellas, guerreros formidables que, en el instante de la victoria o en la cima de su poder, no lograron contener el nudo en la garganta.
Las lágrimas vertidas en el triunfo representan uno de los fenómenos más humanos y complejos que existen. No es un llanto de tristeza, sino un entramado de tres factores de la mayor trascendencia: (i) purificación interior, (ii) luto del sobreviviente y (iii) la conciencia de habitar el ojo del huracán de la historia.
Arthur Wellesley, Duque de Wellington, tras derrotar a Napoleón en Waterloo, regresó a su cuartel y lloró mientras recibía el recuento de los caídos. Su gran frase es una lección insuperable: “Nada, excepto una batalla perdida, puede ser tan melancólico como una batalla ganada”.
Alejandro Magno, en su momento de mayor gloria, lloró al escuchar a un filósofo decir que existían infinitos mundos. El lamento del incomparable guerrero sorprendió al pensador: “¿No es motivo de llanto que, habiendo mundos infinitos, yo todavía no sea señor ni siquiera de uno?”.
Heródoto contó que, antes de invadir Grecia, Jerjes I contempló desde una colina al inmenso ejército persa y rompió en llanto. Al ser cuestionado por Artabano, el rey respondió que, pese a su inmenso poder, ninguno de esos miles de hombres seguiría vivo en cien años. Es una escena impresionante: el hombre que gobernaba el mayor imperio de su época, vencido por la lógica del tiempo, un enemigo que nadie jamás ha vencido. Schopenhauer citaría este episodio para enfatizar la fugacidad de la existencia.
Ulysses S. Grant, en la Guerra Civil estadounidense, se sintió deprimido tras la rendición de Robert E. Lee. Sus colaboradores notaron que estaba conmovido hasta las lágrimas por la caída de un adversario que había luchado con valentía por una causa que él consideraba errónea.
El siglo pasado, en la Guerra del Golfo de principios de los años noventa, Norman Schwarzkopf lloró al saber que el número de bajas de sus ejércitos había sido significativamente menor al proyectado.
¿Por qué llora un militar en la victoria? Por la soledad del mando: el peso de enviar hombres a la muerte se vuelve insoportable una vez que la batalla cesa. Pero también, en no pocas ocasiones, por empatía hacia el vencido, como fue el caso de Escipión Emiliano. El nieto adoptivo del legendario vencedor de Aníbal lloró al ver la destrucción de Cartago. Supo en ese instante que hasta los más grandes imperios desaparecen y temió por el destino de su amada Roma. Mientras lloraba, citó a Homero: “Llegará un día en que la sagrada Ilión perezca…”.
Julio César lloró cuando le mostraron la cabeza de su enemigo Pompeyo en Alejandría. No fue debilidad, sino el dolor de ver a un gigante de Roma reducido a trofeo por la mezquindad de un gobernante extranjero, el faraón Ptolomeo.
El general Ricardo Trevilla Trejo lloró ayer, teniendo a su lado a la presidenta Claudia Sheinbaum, al recordar a los militares caídos en el operativo diseñado para empezar a poner fin al cártel de Nemesio Oseguera. El suyo fue el llanto del mando enérgico y, al mismo tiempo, sensible, que abraza a su tropa.
Esta lista demuestra que, desde la antigua Cartago hasta el México moderno, el llanto de un militar de alto rango suele marcar el fin de una era o el reconocimiento de una verdad histórica dolorosa. Las lágrimas del guerrero nunca aparecen por falta de valor; significan otra cosa: el reconocimiento de que la victoria siempre tiene un precio amargo. No puede haber un signo más alto de lucidez existencial.
Los generales no lloran porque las batallas sean difíciles, sino por la comprensión de que, tras las grandes victorias, la realidad se transforma irreversiblemente. El reciente triunfo del ejército comandado por el general Ricardo Trevilla representa la transición definitiva hacia la justicia institucional en México, lograda con enormes sacrificios tras veinte años de atrocidades causadas por la absurda guerra que Felipe Calderón y Genaro García Luna declararon a las mafias.
El llanto del general Trevilla simboliza que hemos, al fin, comenzado a superar la etapa de la violencia espantosa para entrar al periodo de la consolidación institucional.




