Amílcar Olán es un sujeto oscuro. La aparición de su nombre en la opinión pública se debe a los peores motivos. Es presuntamente un beneficiario de contratos irregulares otorgados a sus empresas durante el gobierno de AMLO. Según ha trascendido, es amigo cercano de Andy López Beltrán, es tabasqueño, y fue captado hace unos días en Lugano, Suiza.

El obradorismo lo defiende. Acusan que se trata de un linchamiento mediático dirigido a dañar la reputación de la autoproclamada 4T, y que no hay pruebas en su contra. Pregunta: ¿cómo puede haber pruebas si la institución del Estado mexicano responsable de producirlas, la FGR, ni siquiera lo investiga? ¿Se da cuenta el lector del porqué la sociedad mexicana está obligada a recurrir a reportajes como los de Reforma o del New York Times para hacerse una idea de lo que sucede en el país?

Detrás de Amílcar Olán puede esconderse toda una red de corrupción que golpearía directamente a Andy López Beltrán, y desde luego, a su padre. ¿O acaso podría sostenerse que AMLO no estaba al tanto de las presuntas trapacerías y la concesión sin licitación previa de contratos para las empresas del amigo del vástago?

En este contexto, tampoco resultaría descabellado especular que detrás de la fortuna de Olán se encuentren patrimonios irregulares cuyos propietarios podrían llevar el apellido de López Obrador y/o de su familia. ¿Cómo podrá saberse? ¿Cómo podría verse la luz en torno a esta gravísima sospecha de corrupción que conllevaría el derrumbe total y definitivo de la credibilidad del expresidente como faro de la honradez y la justicia?

¿Cómo podrá conocerse la verdad si el Estado mexicano, y en concreto, la institución dirigida por Ernestina Godoy, se rehúsa a indagar en los señalamientos de defraudación fiscal y huachicol que atañen a Amílcar, a sus empresas y a su círculo cercano?

Detrás de Amílcar Olán y de su patrimonio yace un océano de probables evidencias que bien podrían apuntar hacia una inmensa red de corrupción que pondría a la presidenta Claudia Sheinbaum, como lo señaló The New York Times, en el menos envidiable de los predicamentos políticos.