“La muerte llegó a montones y decenas de familias no volverán a abrazar a quienes aman”.

Adrián LeBarón

“Cuando el Estado pierde el monopolio de la violencia, no desaparece la violencia: desaparece el Estado”.

Max Weber

En la mañanera de ayer, el general Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, envió condolencias a las familias de los militares que perdieron la vida durante el operativo contra Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”. Se le quebró la voz. Lloró.

El país, fiel a su costumbre, convirtió el llanto en sospecha. Hubo quien insinuó —sin prueba alguna— que no lloraba por los soldados, sino por las consecuencias políticas del golpe. Otros lo celebraron por “mostrar humanidad”. Y no faltaron los que se escandalizaron porque, según ellos, un secretario de la Defensa no debe sollozar.

El problema no es que un general llore. El problema es que el llanto se haya vuelto rutina nacional.

Nos une el llanto, sí. Pero no es un llanto catártico. Es un llanto acumulativo. Un llanto que se repite sexenio tras sexenio mientras el poder promete que ahora sí, ahora sí, ahora sí.

En el caso de los militares, murieron cumpliendo órdenes del Estado. En el caso de miles de civiles, han muerto atrapados entre la incapacidad institucional, estrategias fallidas y la expansión territorial del crimen organizado. Eso no es consigna: es el saldo visible de años de violencia persistente.

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Conviene incomodar: a los soldados no los mató solo un grupo criminal. Los mató también la realidad de un Estado que, por acción u omisión, permitió que organizaciones delictivas acumularan capacidad operativa suficiente para desafiarlo. No afirmo complicidades penales —eso corresponde probarlo a las autoridades—, pero sí señalo responsabilidades políticas. Que son otra cosa. Y no prescriben en la memoria pública.

Cuando un grupo criminal puede paralizar ciudades, incendiar vehículos y coordinar ataques simultáneos, eso no ocurre de la noche a la mañana. Es consecuencia de decisiones acumuladas, diagnósticos errados o cálculos políticos que apostaron por administrar la violencia en vez de erradicarla.

En la misma conferencia se deslizó la versión de una posible fricción entre Trevilla y Omar García Harfuch. No existe confirmación oficial de ello. Pero incluso si fuera cierto, sería anecdótico. El problema no es el roce entre funcionarios; es el diseño político que los obliga a operar en un terreno donde la estrategia cambia según la narrativa del día.

Mientras tanto, el discurso oficial insiste en que la situación está bajo control. La presidenta Claudia Sheinbaum repite que la estrategia funciona. Tal vez funcione en el PowerPoint. En el territorio, los ataúdes siguen acumulándose.

No se trata de imputar delitos sin pruebas. Se trata de constatar que la violencia no ha cedido en proporción al discurso triunfalista. Y cuando la brecha entre la narrativa y la realidad se ensancha, lo que se erosiona no es solo la credibilidad: es la autoridad moral del Estado.

La tragedia no es que la vida continúe. La tragedia es que continúe sin consecuencias políticas claras. Que cada operativo exitoso pretenda borrar años de expansión criminal. Que cada captura —cuando ocurre— se venda como punto de inflexión definitivo.

Las Fuerzas Armadas no son un bloque homogéneo de héroes ni de villanos. Son una institución del Estado. Y como tal, cargan con las decisiones del poder civil. Hay soldados que cumplen su deber y mueren por él. Lo mínimo exigible es que no mueran también por errores estratégicos o ambigüedades políticas.

Giro de la Perinola

Felipe Calderón respaldó públicamente al Ejército en su sexenio. Se le reprocha haber permitido la expansión de ciertos grupos criminales y decisiones operativas cuestionadas.

Andrés Manuel López Obrador optó por una estrategia distinta, que incluyó episodios como la liberación de Ovidio Guzmán en 2019 bajo un contexto de presión armada ampliamente documentada. Dos estilos. Dos narrativas. Un mismo resultado persistente: violencia estructural.

La coherencia exige algo incómodo: si se van a exigir responsabilidades políticas por los resultados en materia de seguridad, que sea a todos. Sin blindajes ideológicos. Sin devociones partidistas.

Que hoy se golpee a un capo no cancela el debate sobre por qué adquirió ese poder. Que hoy se pronuncien condolencias no sustituye la obligación de revisar la estrategia integral.

Cada quien llora a sus muertos.

Pero un Estado fuerte no debería normalizar que los llore en serie.