Hay frases que no se borran. Se incrustan en la memoria pública como una espina. “Sí merezco abundancia” es una de ellas. No por ingeniosa, sino por obscena. Por decirlo todo sin decir nada y, al mismo tiempo, exhibirlo todo. Esa sentencia, escrita de puño y letra por Karime Macías Tubilla, se volvió un retrato fiel de una época donde el poder confundió el erario con caja chica y la política con botín familiar.
Macías llegó a Londres en 2017, cuando el castillo de naipes del duartismo se venía abajo. Antes, su entonces esposo, Javier Duarte Ochoa, había sido detenido el 15 de abril de ese año en Guatemala, país al que huyó para evadir acusaciones de lavado de dinero y asociación delictuosa. Él cayó. Ella voló. Y en esa fuga elegante quedó expuesta una de las mayores afrentas al sentido común del país.
No se trató de un malentendido administrativo ni de errores contables. A la exprimera dama se le acusa de un presunto daño patrimonial por 112 millones de pesos en perjuicio del erario de Veracruz. Recursos que, según las investigaciones, fueron desviados a seis empresas fantasma mientras presidía el Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia. Dinero destinado a niños, mujeres y familias vulnerables que terminó convertido en “abundancia” personal. Así, sin rubor.
La ironía es brutal: quien debía encabezar una institución de asistencia social terminó siendo símbolo de la rapiña institucional. Y no hablamos de percepciones, sino de expedientes, órdenes de aprehensión y solicitudes de extradición que llevan años empolvándose entre juzgados, cancillerías y discursos políticos que prometen justicia pero se diluyen con el tiempo.
Por eso resulta inevitable que el tema vuelva a la conversación pública ahora que la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo anunció que su gobierno reclamará, por las vías diplomáticas correspondientes, la decisión del Reino Unido de otorgar asilo político a Macías. La mandataria fue clara: hasta ahora, el gobierno británico ni siquiera ha notificado formalmente a México sobre esa determinación. Todo se sabe por trascendidos, filtraciones y silencios incómodos.
Y aquí es donde el asunto deja de ser un caso individual para convertirse en un síntoma. ¿Qué mensaje se envía cuando una persona acusada de fraude y desvío de recursos públicos obtiene protección política en una democracia consolidada? ¿Qué narrativa compraron las autoridades británicas para conceder asilo a quien enfrenta señalamientos tan concretos? ¿Persecución política? ¿Riesgo a su integridad? ¿O simplemente la comodidad de no meterse en problemas con un caso que huele mal desde lejos?
Porque no nos engañemos: el asilo político nació para proteger a perseguidos por sus ideas, no a beneficiarios de sistemas corruptos. Convertirlo en refugio de presuntos saqueadores del erario es desvirtuar una figura humanitaria y mandar una señal peligrosísima: si tienes dinero suficiente, siempre habrá un país dispuesto a escucharte la versión.
El caso también desnuda nuestras propias fallas. Durante años, la historia de Karime Macías se usó más como anécdota morbosa que como exigencia de justicia. Se viralizó su frase, se hicieron memes, se repitió su nombre como caricatura del cinismo, pero el proceso legal avanzó a trompicones. Entre amparos, tecnicismos y desinterés político, el expediente fue perdiendo fuerza mediática, que en México suele ser el combustible principal de la acción institucional.
El tema regresa porque duele. Porque recuerda que hubo un tiempo en que el saqueo fue norma y la impunidad, política de Estado. Porque obliga a preguntarnos si realmente estamos dispuestos a cerrar ese capítulo o si solo queremos cambiar de página sin leer lo que sigue escrito.
No se trata de venganza ni de linchamientos públicos. Se trata de algo más elemental: de coherencia. De demostrar que las fronteras no pueden ser coladeras morales y que el dinero público robado no se lava con acentos extranjeros ni con residencias en barrios elegantes. De dejar claro que la justicia mexicana puede ser lenta, pero no debe ser selectiva ni claudicante.
El reclamo diplomático anunciado por la presidenta es apenas el primer paso. Vendrán, si hay voluntad real, negociaciones, intercambios de información y, quizá, un choque de interpretaciones legales. Pero lo fundamental será no soltar el tema cuando deje de ser nota de ocho columnas. No permitir que el asilo se convierta en olvido.
Porque, al final, la frase “sí merezco abundancia” no habla solo de una persona. Habla de una cultura política que normalizó el abuso y de una sociedad que durante mucho tiempo lo toleró con resignación. Romper ese ciclo implica algo más que discursos matutinos o comunicados diplomáticos. Implica memoria, constancia y una convicción firme de que la abundancia verdadera es la de la justicia, no la del cinismo.
Si este episodio sirve para algo, que sea para recordar que la impunidad también migra, pero puede ser alcanzada. Y que, aunque algunos crean merecerlo todo, el país merece algo mejor.
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