“Nada es tan engañoso como un hecho evidente”.

Arthur Conan Doyle

El Senado —con Morena, PAN, PRI, MC y lo que queda de oposición— aprobó la reforma para reducir la jornada laboral en México a 40 horas.

Aplausos. Selfies. Declaraciones épicas. Y un pequeño detalle: las 40 horas llegarán… hasta 2030.

Gradualmente. Sin dos días obligatorios de descanso. Y con un rediseño de horas extra que, en los hechos, incentiva trabajar más.

Pero nadie quiere ser el villano que “votó contra los trabajadores”. Así que todos se pronunciaron a favor del bodrio.

Morena presume conquista histórica. El PAN y el PRI critican que está incompleta… pero igual la votaron. Movimiento Ciudadano practica su deporte favorito: entusiasmo irresponsable. Conclusión: en México no existe oposición, existe acompañamiento crítico.

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Y la letra chiquita… pues hoy la jornada legal es de 48 horas semanales. La reforma establece este calendario:

• 2026: 48 horas (igual que hoy).

• 2027: 46 horas.

• 2028: 44 horas.

• 2029: 42 horas.

• 2030: 40 horas.

Es decir, la gran hazaña laboral empezará a sentirse cuando ya haya otro Congreso y probablemente otro primer mandatario.

Pero el verdadero truco no está en el calendario. Está en las horas extra. Hasta ahora, las primeras nueve horas extra se pagan al doble; las que exceden esas nueve, al triple. Con la reforma, el pago triple se activará hasta después de doce horas extra. Traducción simple: el trabajador necesitará trabajar más para ganar lo que antes ganaba en menos horas extraordinarias. Eso no es reducción de jornada. Es reingeniería del incentivo. Para mal.

Y afecta sobre todo a sectores 24/7: servicios, manufactura, comercio. También a quien dependía del triple trabajo/ingreso para completar el gasto mensual.

Así que el descanso nunca llegó. O en otras palabras, la narrativa oficial habla de “40 horas”, pero evita el punto central: el descanso. La propuesta original de cinco días laborales por dos de descanso quedó en el cajón. Hoy seguiremos con seis días de trabajo. O más…

Menos horas, sí. Pero el mismo traslado seis días. El mismo sábado. El mismo desgaste fragmentado.

Se vendió calidad de vida. Se entregó una cifra.

Hay algo que nadie quiere decir en voz alta. Se trata de un silencio estratégico. En plena tensión comercial bajo el T-MEC, no hay quien se atreva a hablar de competitividad. Tampoco nadie reconoce lo obvio: México es de los países de la OCDE donde más se trabaja y menos se descansa. El cambio era inevitable.

Así que la discusión real no debiera ser 40 vs. 48 horas, sino la productividad.

Para pagar lo mismo por menos horas se necesita inversión en tecnología, maquinaria, capacitación. ¿Existe un paquete paralelo de créditos masivos para pymes? ¿Un programa serio de actualización técnica para trabajadores? No.

Se aprobó la reducción. No se aprobó la infraestructura económica que la sostiene.

Eso es populismo administrativo: anunciar el beneficio, posponer el costo, delegar la tensión.

Además la factura es diferida. Y aquí está la jugada política: la reducción comenzará a sentirse entre 2027 y 2029. Justo cuando el gobierno federal ya no sea el mismo y cuando los costos empiecen a traducirse en ajustes salariales, reducción de turnos o aumento de precios.

Si la productividad no compensa, vendrá presión inflacionaria sectorial. Si las pymes no logran adaptarse, vendrán cierres silenciosos. Si los salarios no suben proporcionalmente, vendrá frustración obrera.

Y entonces el guion ya está escrito: el oficialismo dirá que “los empresarios abusivos sabotearon una reforma noble”. Los empresarios dirán que “el populismo laboral destruyó competitividad”. La oposición dirá que “siempre advirtió que estaba incompleta”, aunque la haya votado a favor. Y el trabajador quedará atrapado entre narrativa ideológica y realidad económica.

La genialidad política de esta reforma no es laboral. Es temporal. El aplauso es inmediato. La factura es diferida.

En síntesis:

-Se anunció jornada de 40 horas. Se aprobó un calendario a cuatro años.

-Se prometió descanso. Se mantuvo el esquema de seis días.

-Se habló de justicia social. Se omitió la productividad.

-Y todos votaron a favor para no parecer insensibles.

-En México eso se llama consenso. En realidad, es miedo electoral.

Si de verdad quieren dar ejemplo, que los legisladores trabajen 48 horas semanales desde hoy y reduzcan gradualmente sus dietas hasta 2030.

Eso sí sería coherente.

Mientras tanto, tenemos una reforma popular, incompleta y estratégicamente diseñada para que el costo lo pague el siguiente gobierno.

Aplausos.

Gato por liebre.