Se dice que el Trastorno de Estrés Postraumático es una condición de salud mental que puede aparecer después de vivir o presenciar un evento traumático. Ese evento puede implicar violencia, abuso, guerra, accidentes, agresiones sexuales, amenazas graves, catástrofes o situaciones donde la persona sintió miedo intenso, impotencia o peligro para su vida o integridad. Aunque no todas las personas que atraviesan un trauma lo desarrollan, después de algo muy impactante es normal tener ansiedad, recuerdos intrusivos o alteraciones del sueño durante días o semanas. Cuando vivimos la pandemia por Covid-19 lo vivimos casi de manera colectiva. Era tan impactante que el confinamiento se extendiera con el miedo y la incertidumbre para algunos mientras que para el personal de la salud, convivir con la muerte a diario se volvió extremo.
Hoy sabemos de una nueva enfermedad viral transmisible entre humanos que surge en el seno paradójico de un crucero lujoso donde un grupo de aventureros esperaba ver pingüinos de la Antártida así como recorrer el mundo. Uno de los síntomas del estrés postraumático es la sensación de revivir el trauma a la mínima posibilidad de que algo de la misma talla que nos impactó pudiera suceder de nuevo. La persona siente que el evento “vuelve” una y otra vez, incluyendo recuerdos intrusivos e involuntarios o en el caso más extremo, pesadillas, flashbacks o hasta reacciones físicas intensas ante recuerdos o estímulos relacionados como taquicardia, sudoración, náusea, miedo intenso.
Hantavirus hoy nos revive temores y la ciencia no es suficiente para calmarlos. Probablemente, el efecto que ahora vivimos es opuesto. La hiperconexión en tiempos de compartir el mismo espacio digital informativo abona a tener mucha información. Accedemos a muchísimas opiniones, historias, recuentos de enfermos, puntos de dispersión, países que cierran puertas y críticas a los que los abren. La desesperación nos lleva a desear lo indeseable, que el barco completo sea sacrificado en nombre de la humanidad, que solo les dejemos morir o si es posible, que en medio del clima de guerra sea destruido. Los humanistas apelan a recibirlos y tratarlos pero nada depende de las opiniones colectivas, solo de aquellos que toman decisiones. Ya hay al menos un enfermo en Suiza, Argentina, Países Bajos, España, Singapur y la teoría de que el virus no se esparce entre humanos con facilidad se desmorona entre más noticias consumimos.
En el fondo, el miedo y la angustia nos confronta con nuestra condición más radical pues somos seres finitos, vulnerables y conscientes de la muerte. Algunos la experimentamos dentro de círculos cercanos, otros habrán sobrevivido al ventilador y la camilla con la conciencia de que ante esta nueva enfermedad, tal vez no haya tanta suerte.
La angustia “rompe” la normalidad cotidiana y las rutinas dejan de protegernos para parecer de nuevo amenazantes. En esta difusión temprana sobre hantavirus en la que parecen existir vacíos informativos que llenamos con teorías conspirativas, hay algo profundamente humano sobre repasar la fragilidad al filo de tener menos capacidad para creer. Hay viajeros del tiempo que desde 2012 advirtieron que en 2026 habría hantavirus y con esto se inaugura una era de la cibernética esotérica, esa en la que buscamos mensajes encriptados dentro de tuits, en la que interpretamos profecías en las ilustraciones en la portada de la publicación anual de The Economist con su edición especial “The World Ahead 2026”. Estamos voraces y hambrientos por respuestas, nos intoxicamos de teorías, tenemos sobredosis de información. Seguimos siendo tan vulnerables con todo y sentir que sabemos algo o que podemos creer en que esto ya estaba escrito. La misma función de las religiones para darnos certezas hoy está en la cibernética esotérica, lo creemos o al menos, dudamos con la sorpresa de que aquello se ajuste tanto a las pocas certezas que tenemos.
Algunos expertos dicen que este virus proveniente de las heces y orina de roedores no podrá convertirse en algo como el coronavirus. Creerles desde el mismo lugar que nos tiene sin el poder de saber lo que realmente vendrá es parte de la fe o la confianza pues la ciencia también goza de sus raras excepciones, de todas las veces en que los que más saben gozan de la certeza humana de que existe el error. No somos los mismos después de Covid y nuestros organismos tampoco lo son, tal vez nuestros organismos previo a la pandemia eran capaces de lidiar con el virus del roedor pero tal vez ahora no. Realmente, saberlo no es posible.
Aunque el síndrome pulmonar por hantavirus no viaja con la velocidad devastadora con la que se propagó el Covid-19, guarda algo todavía más inquietante que es la cercanía brutal con la muerte.
Las cifras estremecen. Su tasa de mortalidad ronda el 40%, algunos especialistas advierten que puede acercarse incluso al 50 por ciento. Traducido al lenguaje más simple implica que contagiarse puede convertirse en una moneda lanzada al aire, cara o cruz, una partida donde sobrevivir depende casi de un azar despiadado.
Es decir, incluso una expansión apenas fragmentaria en comparación con la del Covid-19 podría dejar un saldo de muerte mucho mayor debido a su nivel de letalidad. La primera pandemia nos dejó una estela de ausencia y duelo, pero además la conciencia repentina de nuestra vulnerabilidad compartida.
Incluso quienes no perdieron a alguien cercano cargan todavía con ese nudo en la garganta que produjo contemplar hospitales saturados, cifras inciertas, personas muriendo solas, vidas que nunca entraron en las estadísticas o que quedaron suspendidas en la indiferencia burocrática. La pandemia convirtió a la muerte en una presencia cotidiana y nos obligó a mirar de frente que nada está asegurado.
Sin embargo, en medio de aquella experiencia límite también apareció un recordatorio de lo humano. Por un instante, la lógica ordinaria del conflicto pareció detenerse. Había miedo, sí, pero también una forma de solidaridad nacida de reconocernos mutuamente expuestos. Las historias de sanitarios exhaustos, de trabajadores obligados a elegir entre el contagio y el hambre, de personas intentando cuidar a desconocidos, despertaron una sensibilidad colectiva que parecía olvidada. Queríamos ser útiles, sostener a otros, proteger incluso a quienes nunca conoceríamos.
Si el síndrome pulmonar por hantavirus llegara a convertirse en una nueva pandemia, quizá esa experiencia vuelva a interpelarnos. Las crisis sanitarias no solo ponen en juego la supervivencia biológica; también revelan qué tan capaces somos de conservar empatía en medio del miedo y qué tipo de vínculo queremos sostener con los demás.
Frente a una amenaza que todavía parece distante, la responsabilidad no consiste únicamente en evitar el contagio físico, sino también el contagio del pánico, la desinformación y la deshumanización. Cuidarnos y cuidar a otros implica preservar el cuerpo, la mente y las emociones de los post-traumados así la posibilidad de seguir sintiendo con el otro, sin renunciar a la verdad ni a la compasión.






