“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.

Tucídides

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.

Eduardo Galeano

“Controla el petróleo y controlarás naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”.

Henry Kissinger

Hay colonialismos que llegan con carabelas. Y hay otros que llegan con criptomonedas, drones, agencias de inteligencia y marcas registradas.

Hablando claro: lo que trae en mente nuestro vecino del norte no es —como nos quieren vender— la democracia mexicana ni la estabilidad institucional ni el Estado de derecho. Ni siquiera el combate al fentanilo. Eso suena bonito en los discursos de la Casa Blanca, pero no mucho más allá.

Lo que está en juego desde hace años para Estados Unidos son minerales estratégicos, rutas comerciales, hidrocarburos, tierras raras, agua y control territorial. ¿Dónde? Donde se pueda, incluido México.

Suena burdo. Lo sé. Pero justamente por eso casi nadie quiere verlo.

La tesis —que he discutido con amigas que tengo desde la infancia— es incómoda: Estados Unidos lleva tiempo moviéndose hacia una forma de neocolonialismo. No con banderas plantadas en Palacio Nacional, pero sí con control real de recursos, decisiones clave y territorios estratégicos. Y México podría ser la siguiente parada en ese plan.

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La primera pieza es jurídica: declarar a los cárteles como organizaciones terroristas. No criminales. No narcotraficantes. Terroristas. Y eso cambia todo. Porque el terrorismo permite intervenciones fuera del territorio propio, operaciones directas, congelamiento de activos, incursiones “preventivas”. Es la llave que abre muchas puertas.

La segunda pieza es el relato: el fentanilo como arma de destrucción masiva. No droga. No crisis de salud. Arma. Cuando algo se convierte en arma contra la población estadounidense, deja de ser tema sanitario y pasa a ser asunto de seguridad nacional. Y en seguridad nacional, Washington no pide permiso. Actúa.

La tercera pieza es la más importante: los recursos. El nuevo colonialismo no viene envuelto en discursos románticos. Es económico. Litio, petróleo, gas, minerales estratégicos. El subsuelo importa más que las urnas. Las de otros países, claro está.

Y México, por ubicación, por frontera, por debilidad interna, es demasiado valioso como para dejarlo a la deriva.

La cuarta pieza es psicológica: hacer creer que Estados Unidos vendrá a resolver lo que el Estado mexicano no puede —o no quiere— resolver. El crimen organizado controla territorios, cobra piso, trafica personas, infiltra industrias. Y frente a eso, hay mexicanos que no verían una intervención con horror, sino como salvación. Esa fractura existe. Y duele admitirlo.

Lo irónico —y aquí está el cinismo puro— es que buena parte del poder de fuego de los cárteles se alimenta del tráfico de armas que cruza de norte a sur. Se siembra el incendio y luego se ofrece el extinguidor. Se fortalece al monstruo y después se anuncia la cruzada para exterminarlo.

En este escenario, el verdadero adversario de Washington no es el gobierno mexicano encabezado por Claudia Sheinbaum. Los gobiernos pasan y este, en particular, no pinta para nada. El adversario real es el Narcoleviatán: esas redes globales de crimen organizado que ya no respetan fronteras y que operan como si fueran protoestados.

Por eso los organismos internacionales hoy interesan poco. La Organización de las Naciones Unidas no frena ni a potencias ni a mafias globales. La pugna es directa: Estados fuertes contra estructuras criminales trasnacionales. El resto observa. Incluida nuestra presidenta.

Venezuela fue un caso distinto. México sería otra cosa: integración económica profunda, frontera compartida, cadenas productivas mezcladas. Aquí no habría una invasión ruidosa. Sería algo gradual, legal, envuelto en cooperación.

Y mientras tanto, el discurso expansionista de Trump no es una anécdota. Su insistencia con Groenlandia no fue chiste. Fue mensaje. El territorio volvió a estar sobre la mesa. Los mapas cambian cuando hay recursos debajo.

Estados Unidos no es el único con tentaciones neocoloniales. Rusia y China también juegan. Pero México no está en su órbita. Está en la estadounidense. Y en el patio del vecino, las reglas no las pone uno.

¿Exagerado? Tal vez. ¿Imposible? No. Cuando un país pierde control sobre partes de su territorio, cuando el crimen organizado manda más que la autoridad, cuando la economía ilegal compite con la formal, la idea de “intervención necesaria” empieza a sonar razonable para algunos.

Y sí: habría mexicanos que la aceptarían. No por traición. Por hartazgo.

El viejo colonialismo llegaba con espada y cruz. El nuevo llega con leyes, inteligencia compartida y tratados actualizados. Cambian las formas. El fondo es el mismo: control.

México debería entender que el problema no es solo Washington. Es el vacío que hemos dejado crecer dentro. Porque en el tablero del siglo XXI, los Estados débiles no son víctimas inocentes: son oportunidades.

Y las oportunidades, en geopolítica, casi nunca se desaprovechan.

El verdadero pulso global no es México contra Estados Unidos. Son Estados con ambición de control contra redes criminales que disputan territorio y dinero. Ese es el tablero del Narcoleviatán.

Giro de la Perinola

Ahora bien. Hay otra tesis que suena fuerte: no es Estados Unidos quien recoloniza, sino México quien está recolonizando el sur estadounidense. Que la anexión es demográfica. Que el idioma español avanza. Que los apellidos hispanos crecen. Que Texas ya no es tan tejano.

Suena bien. Reconforta. Pero una cosa es estar. Y otra, mandar. Una cosa es poblar. Otra, decidir. La migración transforma la cultura. El poder duro controla dinero, energía, tecnología y recursos.

Creer que presencia es lo mismo que poder es una ilusión cómoda. Y además —detalle importante— esa idea de que “México invade culturalmente” puede convertirse en el mejor argumento para quienes quieren endurecer fronteras o justificar políticas más agresivas.

No es una contradicción. Es algo que puede pasar al mismo tiempo: migración desde abajo, estrategia de expansión económica desde arriba.

Y lo cierto es que casi siempre gana el que controla los recursos, no el que celebra la reconquista de la cultura o vía la narrativa.