“El poder se sostiene menos por la fuerza que por los símbolos que lo hacen aceptable.”

Pierre Bourdieu

“Todo poder que no admite límites termina por confundirse con la propiedad.”

Bertrand de Jouvenel

“Ya no me pertenezco”, decía el fundador del movimiento con tono casi místico, como quien anuncia un sacrificio personal por la causa. Era una frase eficaz: sonaba humilde, profunda, moralmente elevada. Hoy vuelve, pero ya sin solemnidad. Vuelve convertida en ironía política. Porque si algo ha quedado claro tras el mensaje de Año Nuevo de Claudia Sheinbaum es que, en efecto, no se pertenece…, pero tampoco nos pertenece.

Pertenece a su partido. A su gente. A su color.

El mensaje fue amable, terso, cuidadosamente inofensivo: salud, bienestar, amor. Palabras suaves, universales, perfectamente intercambiables con las de una tarjeta corporativa o un anuncio institucional. Pero bajo esa capa de buenos deseos —tan neutra como engañosa— se asoma una constante que ya no disimula nadie: el gobierno habla en clave interna. No gobierna para la ciudadanía plural, sino para la feligresía política.

Y como toda liturgia, tiene símbolos. El más persistente: el color. Guinda, morado, sus variaciones emocionales. No es estética, es identidad. No es gusto personal, es declaración ideológica. La cromática del poder funciona como uniforme: quien la porta pertenece; quien no, observa. En la 4T, los colores dejaron de ser accesorios para convertirse en credenciales.

El mensaje de Año Nuevo no buscó interpelar a una sociedad compleja, cansada, irritada, desigual, desconfiada. Buscó tranquilizar a la base. Decirle: todo sigue en orden, el proyecto sigue vivo, la lealtad sigue siendo correspondida. Fue un guiño interno, no una conversación nacional. Un gesto de cohesión partidaria presentado como saludo republicano.

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Y eso explica por qué tanta gente reaccionó con burla, fastidio o distancia. No porque espere milagros, sino porque reconoce el código. La ciudadanía entiende cuándo se le habla… y cuándo solo se le administra un mensaje decorativo mientras la política real ocurre en otro lado. Las redes no exageraron: detectaron el ritual. El tono de catecismo. La repetición del libreto. El “todo va bien” dirigido a los convencidos.

Aquí no hay error de comunicación: hay coherencia ideológica. La 4T nunca prometió gobernar desde la pluralidad liberal, sino desde la lealtad. Y la lealtad exige señales constantes. Por eso los discursos no cambian, por eso los símbolos se reiteran, por eso la estética se vuelve doctrina. El mensaje no busca persuadir al que duda, sino abrazar al que cree.

De ahí la pertinencia —y la ironía— del título: Ya no me pertenezco. Porque el poder, en esta etapa, ya no se concibe como una función pública al servicio de todos, sino como una extensión orgánica del movimiento. La investidura no representa a la diversidad; representa la continuidad. No arbitra entre diferencias: las ordena según la cercanía.

El problema no es que haya convicciones. El problema es que se gobierne como si solo existieran los convencidos.

Así, el mensaje de Año Nuevo no inaugura nada ni cierra nada: confirma. Confirma que el país cabe en una paleta de colores. Que el pluralismo estorba. Que la neutralidad institucional es vista como traición. Y que el poder, lejos de pertenecer a todos, tiene dueño simbólico, militancia emocional y destinatarios preferentes.

“Ya no me pertenezco”, sí. Pero tampoco nos pertenece.

Y esa, más que un desliz retórico, es la definición política del momento.