“En el principio era el Verbo, y el Verbo era CON Dios, y el Verbo ERA Dios”.
Evangelio según San Juan (1:1)
En el principio fue la palabra. No la ley. No el reglamento. No el decreto. La palabra.
Todas las grandes transformaciones políticas comienzan igual: no cambiando primero las instituciones, sino cambiando el significado de las cosas. Quien consigue apropiarse del lenguaje termina apropiándose también de la realidad.
Si lo pensamos así, esa ha sido la discusión de estos últimos días. No tanto así la ley de regulación de contenidos y audiencias. Ni los arbitrajes. Ni siquiera la censura.
La palabra.
Descubrí algo fascinante. Nadie intentó convencerme de que el fenómeno de censura que describía no existiera. Estrictamente, lo que muchas personas intentaron fue persuadirme de llamarla de otra manera.
Algo como esto: “No digas censura. Di regulación”. “No digas autocensura. Di estrategias editoriales”. “No hables de presión. Habla de prudencia”. “No menciones el miedo. Di que es responsabilidad.
Pero eso no cambia nada. El fenómeno permanece intacto. Lo único que cambia es el nombre. Y cuando se sustituyen las palabras, se altera también la manera en que una sociedad entiende lo que está ocurriendo frente a sus ojos.
Esto no es descubrimiento nuevo de mi parte. Victor Klemperer, filólogo judío que sobrevivió al nazismo, escribió una de las frases, creo yo, más extraordinarias del siglo XX: las palabras pueden actuar como pequeñas dosis de arsénico. Se ingieren sin notarlo. Parecen inofensivas. Con el tiempo terminan modificando la manera de pensar...
La historia está llena de ejemplos. ¿Algunos? Se ve mal hablar de censura. Mejor dicen protección. Pocas veces hablan de propaganda. Se habla de comunicación. Nunca se habla de control. Se menciona el concepto regulación. Se omite referirse a la vigilancia. Se le denomina seguridad.
Y cuando alguien objeta, la discusión deja de concentrarse en el problema para pasar a la semántica. Y en quién o quiénes emiten ciertos vocablos y no otros.
Ya no discutimos si una medida tenderá a inhibir el periodismo. Nos limitamos a discutir si es correcto utilizar la palabra “autocensura”. Ya no analizamos si ampliar facultades regulatorias puede alterar el ecosistema informativo como todo y en partes. Discutimos si resulta exagerado siquiera sugerirlo.
Es una estrategia “brillante”. Mientras todos debatimos cómo debe llamarse un fenómeno, dejamos de discutir el fenómeno mismo.
Por eso me llamó la atención que, durante estos días, una y otra vez apareciera el mismo reflejo: cambiar la etiqueta.
Pero cambiar el nombre de una cosa no modifica necesariamente su naturaleza. La de un periodista que decide investigar menos. La de un editor que comienza a retrasar determinadas publicaciones. La de un medio que considera que ciertos temas generan demasiados problemas. La de un comentarista que aprende, poco a poco, qué nombres conviene evitar y cuáles sí pueden mencionarse.
La discusión importante no consiste en decidir cómo bautizamos ese fenómeno. La discusión consiste en preguntarnos si una democracia produce más o menos libertad cuando esas conductas empiezan a institucionalizarse.
Las palabras importan. Sí.
Pues importa el clima en el que el ejercicio de la libertad comienza a retraerse antes de que aparezca la primera prohibición.
Es decir: primero cambia el lenguaje. Después cambian las conductas. Luego cambian las instituciones. Y, cuando finalmente cambian las leyes, buena parte de la batalla ya fue ganada (o perdida…).
La verdad es que este ni siquiera es un fenómeno nuevo. La 4T lleva años gobernando mediante eufemismos.
Cuando colapsó la Línea 12 del Metro no hubo negligencia; hubo un “incidente”. Cuando el Tren Maya sufrió descarrilamientos, no se habló de trenes descarrilados, sino de convoyes que “se desplazaron de la vía” o “salieron ligeramente del riel”. Ahora descubrimos instalaciones que procesaban hidrocarburos sin autorización y la discusión ya no consiste en preguntarnos si eran refinerías clandestinas, sino en corregir el sustantivo: “no eran refinerías ilegales; eran centros de procesamiento”, dijo Claudia Sheinbaum ayer.
Siempre es lo mismo. No cambia el hecho. Cambia el diccionario.
El ejercicio del poder ya no consiste únicamente en gobernar los hechos. Consiste en gobernar el lenguaje con el que los hechos serán recordados.
Quien controla el diccionario, llega muy, muy lejos sin necesidad de controlar —todavía— un solo periódico. Antes de gobernar un país hay que gobernar las palabras con las que ese país se explica a sí mismo.
Los eufemismos son el impuesto que el poder cobra a la verdad.
Los gobiernos autoritarios no empiezan prohibiendo palabras. Empiezan prohibiendo que ciertas palabras nombren la realidad. Esa es la diferencia. Y también el peligro.
Por eso desconfío tantísimo de los gobiernos que quieren administrar las palabras. Pero también de las sociedades que aceptan, casi sin darse cuenta (aunque a veces muy conscientemente), dejar de llamar a las cosas por su nombre.
Porque toda captura del poder comienza mucho antes de la captura del Estado. Comienza con la captura del lenguaje. Y cuando un país deja de nombrar correctamente la realidad, la realidad termina por imponer su propio nombre.
Giro de la Perinola
Klemperer tituló su obra más famosa LTI. La lengua del Tercer Reich. Su tesis era tan sencilla como inquietante: el poder no transforma primero las instituciones; transforma el idioma con el que una sociedad piensa. Las palabras se repiten, parecen inocuas y, cuando finalmente producen su efecto, ya es demasiado tarde para advertir que el lenguaje también puede convertirse en una forma de dominación. Demasiado tarde.



