Hay historias que pesan más que cualquier estadística. La mía comenzó hace varias décadas, cuando de niña veía salir y entrar a mi padre, un médico de urgencias del IMSS. No siempre llegaba con paso firme. A veces llegaba cansado, con los ojos hinchados de no dormir, con las manos marcadas de tantas horas atendiendo a quien llegaba con dolor, con miedo, agonizando. Nos enseñó que ser médico no era solo un trabajo: era una forma de estar presente para los demás, incluso cuando eso significaba estar lejos de los propios.

Nunca fuimos millonarios. Pero crecimos con lo esencial: un techo seguro, educación de calidad, y sobre todo la certeza de que el esfuerzo de mi papá valía la pena. Su mayor riqueza no estaba en una cuenta bancaria, sino en la tranquilidad de haber hecho bien su trabajo. Y eso, pensábamos, era lo mínimo que el sistema debía garantizarle también a él cuando llegara su momento.

Ese momento llegó un 28 de diciembre, hace casi 18 años. Después de meses de ir y venir, de esperar en pasillos, de sentarse en una silla porque no había una cama libre, mi madre me llamó para decirme que lo que tenía era cáncer de pulmón. Una noticia tan cruda, tan devastadora, que parecía una broma cruel del Día de los Inocentes. Mi padre, que tantas veces había abierto camino para otros en urgencias, ahora no tenía sitio donde ser atendido con dignidad. Pasó días y semanas en pasillos, con frío, sin lo más básico. La crisis del IMSS no es nueva. Ya entonces faltaban medicamentos, camas, insumos. Ya entonces, quienes daban su vida al sistema, encontraban las puertas cerradas cuando necesitaban que el sistema les cuidara a ellos.

Por eso leo con escepticismo y tristeza las cifras que recientemente ha difundido el IMSS: que un médico familiar con un año de antigüedad y jornada completa percibe ingresos mensuales integrados de 53 mil 396 pesos. Pero ese monto no es lo que llega íntegro a sus manos, incluye sueldo base, aguinaldo, fondo de ahorro y diversas prestaciones. Lo que en realidad percibe un galeno son menos de 40 mil mensuales. Menos de 20 mil quincenales.

Pero vayamos al fondo del asunto: ¿estamos pagando justamente a quienes cuidan nuestra salud o seguimos discutiendo los salarios públicos sin entender lo que realmente implica ejercer la medicina?

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No se trata de negar que las prestaciones son valiosas. Lo que cuestionamos es que se presente una cifra global como si fuera la realidad mensual de cada profesional, sin mencionar lo que se entrega a cambio: horas de descanso perdidas, tiempo lejos de la familia, desgaste físico y emocional, y en muchos casos la sensación de no poder hacer todo lo que su vocación les pide, simplemente porque no hay con qué.

Si los números no se acompañan de la realidad, no sirven para entender el problema, sino solo para maquillarlo. Y mientras se habla de cifras globales, la realidad cotidiana sigue mostrando otra cara: médicos que buscan insumos porque no hay; pacientes que esperan en pasillos; y familias que, como la mía, viven con el recuerdo de alguien que entregó todo y que, al final, no recibió lo que con justicia merecía.

Mi padre no pidió una atención especial. Solo merecía, como tantos otros y como todos merecemos, que cuando llegó su turno, hubiera una cama, respeto y dignidad. Que no se le diera lo que sobraba, sino lo que necesitaba. Y eso, al menos en esa época, no estuvo disponible.

Hoy veo a médicos, enfermeras y personal de salud tomar las calles y exigir lo justo. No solo un salario digno, ellos y ellas quieren salvar vidas. A mi padre el diagnóstico llegó muy tarde porque no tenían aparatos de rayos X, ni tomógrafos, ni medicinas para calmar el dolor. Su cáncer estaba en etapa 4, tenía dos meses de vida. Solo tenía 69 años de edad cuando murió en una cama del hospital donde atendió a tantos enfermos por más de 40 años.

Al doc, como siempre le dije, no le tocó salir a las calles a protestar como salen hoy. Yo, en su memoria, los apoyo mientras seguimos esperando que algún día, el sistema no solo reconozca con cifras el valor de quienes lo sostienen, sino que lo demuestre con hechos: con hospitales que funcionen, con insumos garantizados, con tiempos de espera razonables y con la misma calidad de atención que se exige a quienes trabajan ahí, para todos, sin excepciones. Porque quien salva vidas merece primero ser respaldado. Y esa no es una prestación extra. Es una deuda que tenemos