“No crean que tiene mucha ciencia gobernar”.

Andrés Manuel López Obrador, 25 de junio de 2019

“Over budget, over time, over and over again”.

Bent Flyvbjerg

A ver, a ver. Ya. La neta: ¿alguien puede mencionar un solo megaproyecto de la 4T que haya cumplido sus propias metas? No las de la oposición ni las de los comentócratas neoliberales, sino las que ellos mismos anunciaron: costo, plazo, demanda, rentabilidad y beneficio social. Uno. El que sea.

López Obrador tenía razón, aunque no como él suponía: para su gobierno, gobernar no tuvo ciencia. Y es que la expulsó. Sustituyó diagnósticos, proyectos ejecutivos, factibilidad, indicadores, evaluación y correcciones por voluntad presidencial, ocurrencias, propaganda y presupuesto ilimitado. Gobernar no tenía ciencia porque el mesías tropical ya lo sabía todo. Faltaría más.

La nueva joya son los Polos de Desarrollo para el Bienestar del Istmo de Tehuantepec: catorce polos declarados, cientos de millones de pesos gastados directamente en ellos, miles de millones más en infraestructura ferroviaria y exactamente cero —CERO— empresas operando. De los diez que llegaron a tener concesionario, solo cuatro lo conservan; los demás se fueron abandonando. Y esos cuatro apenas andan en estudios, ingeniería básica o movimiento de tierras. Polos de Desarrollo sin desarrollo. Del Bienestar… ¿de quién?

En 2020, el propio gobierno prometió⁠ inversiones por 180 mil millones de pesos, 400 mil empleos directos e indirectos, empresas transformando mercancías y una “cortina de desarrollo” para contener la migración. Seis años después, la promesa más reciente ya no habla de 400 mil empleos, sino de 150 mil. Le rebajaron 62.5% a la meta y ni así. Prometieron 400 mil empleos, luego 150 mil y finalmente entregaron la cifra más redonda de todas: cero empresas operando.

El Tren Interoceánico debía detonar esos polos. Era el medio; los parques industriales, el mecanismo; las empresas, los empleos y el crecimiento regional, el resultado. Construyeron —mal, tarde y carísimo— parte del medio, dejaron inerte el mecanismo y nunca produjeron el resultado. La obra existe, a medias; la política pública no. Porque, si después de semejante gasto, los polos siguen vacíos, cabe preguntar: ¿para qué sirvió el tren?

Las columnas más leídas de hoy

Lo diré de otra forma: no se evalúa un hospital por los ladrillos colocados, sino por los pacientes atendidos. Tampoco un corredor industrial por los kilómetros de vía, sino por la carga, las empresas, la inversión y los empleos que genera.

Pressman y Wildavsky estudiaron hace décadas esa distancia entre una política razonable en el papel y su fracaso al ejecutarla: la implementation gap, le llamaron. Para zanjar el espacio entre decretar un polo industrial y lograr que una empresa arriesgue su dinero, hay que resolver energía, agua, permisos, seguridad, logística, personal capacitado, rentabilidad y certeza jurídica. López Obrador creyó que bastaba señalar un terreno con el dedo, bautizarlo “del Bienestar” y esperar la llegada de las fábricas. ¡Qué mala costumbre tiene la realidad!: no obedecer las órdenes presidenciales.

Bent Flyvbjerg resumió la maldición de los megaproyectos en una frase: over budget, over time, over and over again. Más caros, más tardados y una y otra y otra vez. Dos Bocas, el Tren Maya, el AIFA, Mexicana, Gas Bienestar, la Megafarmacia y ahora el Interoceánico. Cambian la obra y el responsable; nunca el método: gastar es invertir, inaugurar es terminar y anunciar el beneficio equivale a haberlo producido. La transformación sabe cortar listones. Medir ya sería abierta provocación.

Lo mismo ocurre con la inversión extranjera “récord” que se supone se ha alcanzado en México con Claudia Sheinbaum. Sí, en el primer semestre de 2026 entraron 34 mil 968 millones de dólares. Lo que la propaganda dice mucho más bajito es que 88.5% de esas fueron utilidades reinvertidas⁠ por compañías que ya operaban aquí en México. Las nuevas inversiones representaron apenas 7.8% del total. No llegaron multitudes de inversionistas enamorados de la 4T; son, sobre todo, empresas instaladas desde antes que todavía no han hecho las maletas. El nearshoring tocó a nuestra puerta y Morena tardó tanto en ofrecer energía, infraestructura y certeza jurídica que buena parte de la oportunidad siguió de largo.

¿Significa esto que absolutamente nada funcionó? No. El aumento al salario mínimo, la regulación del outsourcing y algunos aspectos de la reforma laboral cumplieron objetivos concretos; las pensiones ampliaron su cobertura, aunque haya que discutir costos y sostenibilidad. Reconocerlo no salva la calificación reprobatoria de los caprichos del expresidente; de hecho, los hunde más. Y ello porque demuestra que sí era posible obtener resultados cuando había una política y no una ocurrencia nacida de la cabeza del tlatoani. Repito la pregunta: ¿qué megaproyecto personal de López Obrador cumplió sus metas originales?

Ahora viene lo incómodo: que el proyecto en cuestión haya fracasado no significa que todos hayan perdido. Perdimos los contribuyentes, perdió el Istmo y perdieron quienes esperaban empleos. ¿Pero quién cobró contratos?, ¿quién suministró materiales?, ¿quién recibió concesiones?, ¿alguien se hizo rico gracias al fiasco o, por lo menos, a pesar de él? Follow the money. ¿Adónde nos llevaría el rastro: a los contratistas consentidos, a los amigos, al clan, a Palenque? Son preguntas, que conste. Pero después de un fracaso, otro y otro más, no hacerlas sería no velar por los intereses del pueblo bueno y sabio.

Hay razones para plantearlas. López Obrador reconoció⁠ que Gonzalo “Bobby” López Beltrán participó “honoríficamente” en el Interoceánico. Investigaciones periodísticas difundieron audios de Amílcar Olán, amigo de sus hijos, hablando de negocios vinculados con el balasto. Mota-Engil obtuvo contratos ferroviarios y encabezó, junto con ICA, Carso e Indi, el consorcio favorecido originalmente con tres polos. No hay elementos públicos para afirmar que el fracaso se diseñó para robar. Sí los hay para exigir una investigación. Cuando las empresas, los empleos y las concesiones desaparecen, pero las facturas ya fueron pagadas, seguir el dinero no es conspiración: es simple contabilidad.

Nos enteramos, sí, de que se gastaron al menos 482 millones de pesos directamente en los polos. Eso es transparencia, si bien bastante tardía. Rendición de cuentas sería que el gobierno explicara por qué no funciona ninguno. Responsabilidad sería identificar quién diseñó, autorizó y vigiló el fiasco. Consecuencia sería remover, sancionar o hacer pagar política y administrativamente a quien falló. Pero la 4T eliminó las consecuencias. Sabemos cuánto perdimos; jamás quién responde. No pocos estamos hartos de financiar quebrantos mientras otros cobran y nadie la paga. Porque pagar, pagamos nosotros. Pagarla, no la paga nadie.

Giro de la Perinola

En abril, Claudia Sheinbaum cambió las reglas para permitir la venta o renta de los terrenos destinados a los polos. Tres meses después, el consorcio de ICA, Carso y Mota-Engil solicitó comprar o arrendar las 82 hectáreas del polo de Salina Cruz, luego de abandonar el esquema original de concesión por treinta años.

Primero el Estado pone los terrenos, la infraestructura, las vías, los puertos y los incentivos fiscales. Después, los concesionarios abandonan los proyectos. Finalmente, el gobierno modifica las reglas para que puedan comprar o rentar los inmuebles acondicionados con dinero público. ¿Quién valuará esas tierras?, ¿en qué condiciones serán entregadas?, ¿quién absorberá la inversión ya realizada?, ¿qué obligación real de invertir y crear empleos tendrá el beneficiario?

El fracaso se socializa; el terreno mejorado con dinero de todos puede acabar en manos de unos cuantos. A eso tampoco le llamarán privatización. Le pondrán “Bienestar” y asunto resuelto. Porque gobernar no tiene ciencia. Nomás tiene dueños.