“La contabilidad es el lenguaje de los negocios”.
Warren Buffett
Hoy me aparto de mis temas habituales y, quizá más todavía, del ángulo desde el cual suelo abordarlos. “Afortunadamente” —levanto una ceja al escribirlo—, no solo la política nacional y Morena producen historias cuestionables y dignas de muchas preguntas. A veces basta con seguir el rastro del olor a orégano para llegar a otra.
La Casa de Toño está a la venta. El pozole, las flautas, las filas, la extraordinaria rotación de mesas y una de las marcas más reconocibles de la Ciudad de México podría cambiar de dueño por unos 400 millones de dólares. Quizá 450. Como en sus sucursales, esto depende de qué se ordene y de quién pague la cuenta. Hasta ahí, una admirable historia empresarial: el puesto de quesadillas que comenzó en Clavería y terminó convertido en una cadena de decenas de restaurantes. El sueño mexicano servido con crema.
El problema es que EL CEO, un medio digital mexicano especializado en negocios, economía, finanzas e investigaciones empresariales / periodista Sergio Rincón; retomado por Proceso) acaba de asomarse a la cocina corporativa y encontró algo bastante menos apetitoso: durante más de una década, La Casa de Toño habría operado mediante una red de al menos 27 empresas, algunas constituidas a nombre de empleadas, amas de casa, estudiantes y personas sin trayectoria empresarial conocida.
Una joven cuya dirección conducía a una tortillería figuró como fundadora de la sociedad que operaba siete sucursales. Una analista de nóminas y una ama de casa aparecieron como propietarias de otra compañía encargada de cinco restaurantes. También hubo socios con datos inconsistentes y sociedades administradas por personas vinculadas con abogados, contadores y representantes legales del verdadero dueño.
No afirmo que constituir muchas empresas sea un delito. Tampoco que toda fragmentación corporativa implique evasión fiscal. Las empresas pueden separar operaciones, riesgos, nóminas y activos por razones perfectamente legales. Lo extraño comienza cuando quienes figuran como dueños parecen no serlo y quienes controlan el negocio procuran no aparecer.
Más llamativo todavía: en octubre de 2025, esos peculiares accionistas cedieron sus participaciones a Marco Antonio Campos Paradán —“Toño”— y a su familia por menos de 50 mil pesos. Meses después, el negocio comenzó a ofrecerse a la venta por alrededor de 7 mil millones de pesos... Debe de ser el único lugar donde una cuenta de 50 mil pesos puede convertirse, antes de dejar propina, en una operación de 400 millones de dólares.
La cronología no demuestra por sí misma una maniobra ilícita, pero claro que plantea preguntas elementales para un observador que tenga “déficit de atención”: ¿qué valor declararon durante años aquellas sociedades? ¿Quién era su beneficiario controlador? ¿Quién recibió las utilidades? ¿Cómo tributaban las empresas que facturaban las sucursales? ¿Qué obligaciones laborales asumía cada una? ¿Y con qué criterio acciones de compañías ligadas a semejante flujo de efectivo cambiaron de manos por cantidades casi simbólicas?
El precio de venta tampoco puede examinarse al margen de esa estructura. Una valuación no se calcula únicamente contando mesas, sucursales y platos de pozole. Incluye ventas, utilidades, pasivos laborales, contingencias fiscales, propiedad de las marcas y certeza sobre quién posee realmente los activos.
De ahí que el asunto no sea si La Casa de Toño vale 400 o 450 millones de dólares, ni si Patricia Armendáriz tiene razón al asegurar que la están “regalando” (que no la tiene). Antes de decidir cuánto vale la casa, convendría saber quién fue su dueño, quién cobró la renta y quién pagó los impuestos. Y si no los pagó o no con absoluta corrección legal, quién del SAT se hizo de la vista gorda, desde cuándo y por cuánto tiempo.
También sería interesante conocer qué encontraron BBVA, asesor de la venta, y los posibles compradores durante la revisión legal, fiscal y contable. En una adquisición de ese tamaño nadie compra únicamente el letrero, la receta y las filas. No debiera dejarse llevar por el amor al pozole rojo. Debe estar consciente, por supuesto, de que compra también el pasado.
¿Es casualidad que primero se concentraran las acciones dispersas en personajes aparentemente ajenos al imperio y después se pusiera a la venta la cadena? Puede ser. Las coincidencias empresariales existen. Aunque rara vez vienen acompañadas de 27 razones sociales, prestanombres presuntos y acciones compradas a precio de comida corrida de fonda (con el perdón de los fonderos).
Por supuesto, La Casa de Toño tiene derecho a explicar su estructura y desmentir lo que corresponda. Pero hasta ahora, según la investigación, no respondió.
Quizá está muy ocupada atendiendo comensales. O calculando quién se queda con la propina...
Giro de la Perinola
La investigación lleva inevitablemente a otra mesa: la del SAT, el IMSS y la Secretaría del Trabajo. Si durante más de una década hubo empresas, cuentas bancarias, registros fiscales y patrones distintos alrededor de una misma marca, no bastará con decir que todo estaba “en orden”. Tendrán que mostrar la orden, la cuenta y el comprobante.
Al final, el pozole puede ser blanco, verde o rojo. La contabilidad, no.






