“La ideología tiende naturalmente a separarse de la realidad, a crear un mundo de apariencias, a convertirse en ritual”.

Václav Havel, El poder de los sin poder

Confieso que llevo un buen rato intentando entender en qué momento la visa estadounidense de Andrés Manuel López Beltrán se convirtió en parte de nuestro territorio nacional. Debí distraerme. Hasta donde sabía, México termina en el río Bravo; ahora resulta que también comprende un documento expedido por el gobierno de Estados Unidos al hijo del expresidente. La geografía del bienestar es como la compañía de Slim: expansiva; todo es territorio Morena….

Afortunadamente me asiste la cordura y sostengo que cancelar una visa es una decisión seria. Que el circo comienza cuando Andy convierte una sanción personal en conflicto diplomático, Claudia Sheinbaum la eleva a afrenta contra México y Morena moviliza a la patria para defender el derecho humano de un López a cruzar la frontera que tanto desprecia.

Estados Unidos no removió a un funcionario mexicano, no alteró una elección, no impuso una ley, no intervino en las facultades de nuestro gobierno ni ordenó una investigación. Decidió quién puede presentarse ante su frontera a solicitar entrada, simple y llanamente. Puede tratarse de una señal política, una medida arbitraria, un instrumento de presión o incluso un abuso; mas sigue siendo una determinación estadounidense sobre territorio estadounidense.

Para llamarla “injerencia contra México” habría que demostrar que Washington intenta modificar mediante esa cancelación alguna decisión soberana mexicana. Nadie ha explicado cuál. Morena únicamente ha repetido la palabra soberanía hasta vaciarla de contenido, método ya probado por la 4T: cuando la realidad incomoda, cambia el diccionario.

Una visa no es pasaporte mexicano, garantía constitucional, condecoración vitalicia ni propiedad hereditaria de la familia López, aunque en Palenque quizá la consideren parte de la sucesión testamentaria. La legislación estadounidense permite revocarla y ni siquiera garantiza el ingreso. Es una autorización condicionada, no un título nobiliario.

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Nadie obligó a Andy a solicitar permiso al imperio. Él llenó formularios, proporcionó información y aceptó someterse a las reglas de otro Estado. Mientras recibió el beneficio no denunció sometimiento, colonialismo ni afanes hitlerianos. La soberanía apareció, uniformada y en formación, exactamente cuando la respuesta dejó de convenirle.

Veámoslo de esta otra manera: México hace lo mismo. Decide qué extranjeros entran a nuestro país y puede negarles el acceso sin que cada rechazo constituya un desembarco de marines contra el país del rechazado. Morena deberá resolver si controlar una frontera es una facultad soberana o una agresión extranjera. No puede ser ambas cosas según el apellido escrito en la visa.

Tampoco le retiraron el documento a la República, a la Constitución ni a los mexicanos. Se lo retiraron a Andy. La soberanía nacional conserva su visa; el hijo del expresidente, según él mismo informó, no.

Ahí comienza la operación política. Si el asunto permanece en Andy, Andy debe explicar. Si se transforma en una agresión contra México, todos debemos defenderlo. El régimen privatiza al Estado cuando reparte beneficios y socializa al país cuando llegan las consecuencias. Las ganancias pertenecen al clan; los agravios, a la nación.

No hizo falta esperar para comprobarlo. Andy reapareció en Tabasco, recorrió comunidades, agradeció las “muestras de apoyo” y llamó a organizarse frente a la “embestida”. ¿Cuál embestida? ¿Ocuparon territorio mexicano, depusieron al gobierno, modificaron nuestras leyes? No. Le cancelaron a él una visa. Pero el agravio ya dejó de pertenecerle: ahora el movimiento debe organizarse, el pueblo cerrar filas y la nación defenderse. De paso —qué conveniente— la víctima recorre territorio, saluda, recibe adhesiones y convierte su tragedia consular en plataforma electoral. La visa era individual; la victimización, multitudinaria; la campaña, adelantada. No sé si esta sea la “nueva generación” de jóvenes políticos que Morena ofrece al país: herederos sin méritos conocidos, candidatos antes de tiempo y mártires apenas les retiran un privilegio. Si eso es el relevo generacional, prefiero el original: al menos su padre sabía hacer campaña sin fingir que una ventanilla consular había atacado a México.

Cancelar una visa no prueba vínculos criminales ni acredita delito alguno. No es una sentencia y no sustituye una investigación. Pero, aceptémoslo, también resulta intelectualmente tramposo concluir que, al no existir acusación pública, la medida carece de información detrás. La visa cancelada no demuestra que Andy sea culpable; su carta tampoco certifica que sea inocente. ¿Estamos?

La confidencialidad del caso, sin embargo, sí está sirviendo a los dos protagonistas. Estados Unidos guarda el expediente; Andy exhibe la indignación. Washington no explica y él afirma que no existen pruebas, consciente de que el gobierno estadounidense difícilmente mostrará sus cartas. Uno administra el silencio; el otro, el martirio.

¡Y vaya carta!

Andy se dirigió a Donald Trump, atribuyó la decisión a Marco Rubio y Christopher Landau, acusó a ambos de padecer una “enfermiza fobia conservadora” y preguntó al presidente estadounidense por qué no los destituía. Tres cuartillas para anunciar que no le interesa visitar un país al cual dedica tres cuartillas exigiendo explicaciones…

Pero aquí la soberanía 4T ejecuta una maroma digna del Cirque du Soleil. Andy no reconoce a Estados Unidos la facultad de retirarle una visa expedida por Estados Unidos, pero se atribuye la facultad de indicarle al presidente de Estados Unidos qué integrantes de su gobierno debe despedir. ¿Así o más delirante?

Eso no vulnera jurídicamente la soberanía estadounidense; para lograrlo se necesita poder y Andy, fuera de México, es apenas el autor de una carta involuntariamente cómica. Sin embargo, si utilizamos “injerencia” con la frivolidad conceptual de Morena, pretender influir en la integración de un gobierno extranjero resulta bastante más injerencista que cancelar un permiso migratorio propio. Esa es la verdad.

La soberanía es ya otra palabra confiscada por la 4T. No describe un principio: le presta un servicio al partido y al régimen. Impide que Washington decida sobre sus visas, pero permite que Andy dé instrucciones a Trump; protege al gobierno de preguntas extranjeras, nunca a los mexicanos de los abusos de ese mismo gobierno; desaparece ante el crimen organizado y reaparece frente a una ventanilla consular. Es frontera, escudo, coartada y capa de superhéroe, según el López Beltrán que necesite envolverse en ella. Todo un Juan Escutia…

Havel explicó que la ideología termina creando un mundo de apariencias donde el ritual sustituye a la realidad. Aquí el ritual de la 4T exige además el pronunciar “soberanía” para no mencionar “Andy”; gritar “injerencia” para no preguntar “¿qué sabe Washington?”; envolver al hijo en la bandera para impedir que veamos al individuo debajo.

Tristemente, Landau ayudó —supongo / espero que sin proponérselo— bastante a la farsa de Morena y López Beltrán. Presentarse como “El Quitavisas” y publicar palomitas anunciando “la siguiente parte” convierte una facultad administrativa en tráiler de reality show. Frivoliza una decisión seria y le entrega a Morena la utilería para victimizarse. No vuelve a Andy un perseguido político; solo demuestra que la impostura morenista encontró pareja en la teatralidad estadounidense.

El cuadro se completa con una ironía monumental: Morena denuncia que Estados Unidos intimida mediante señalamientos individuales, días después de que su propia dirigencia exhibiera a periodistas y medios que supuestamente “atacan” a la 4T. Cuando Morena publica nombres, realiza un “análisis del ecosistema digital”; cuando Washington cancela una visa, ejecuta una operación imperial. ¡Caray!, el diccionario del régimen no define palabras: reparte absoluciones.

Existe, además, una diferencia demoledora. Estados Unidos decide quién accede a su territorio. Morena, partido gobernante, señala dentro de México a quienes cuestionan al poder. Lo segundo sí puede intimidar mediante el aparato político que gobierna.

La cancelación de una visa no demuestra un delito. La reacción oficial sí exhibe una concepción patrimonial del Estado: ningún integrante del clan tiene problemas privados; todos sus problemas pertenecen a México. Si niegan la entrada a Andy, agreden a la nación. Si un periodista cuestiona a Morena, ataca al pueblo. Si una investigación se aproxima, amenaza la soberanía.

La 4T no eliminó los privilegios. Los nacionalizó. Qué verdadero horror.

Giro de la Perinola

No descartemos que algún legislador del bienestar proponga exigir visas a los estadounidenses en defensa de Andy. Sacrificar turismo, inversiones y empleos para que un López recupere su dignidad consular: harakiri nacional para defender al hijo de papi.

Todos ponen: Estados Unidos pone el silencio; Landau, las palomitas; Morena, la bandera, y México, la vergüenza. Andy, como siempre, solo pone la carta y la jeta.