“Quien tolera el desorden para conservar el poder termina perdiendo ambas cosas”.

Inspirado en Nicolás Maquiavelo

¿Por dónde empezar?

La CNTE lleva semanas ofreciendo una lección magistral. No de pedagogía. No de civismo. No de enseñanza pública. De chantaje. Han vandalizado edificios públicos. Han tomado casetas. Han paralizado avenidas enteras. Han convertido el corazón de la Ciudad de México en una mezcla de plantón, basurero y zona “liberada”. Y frente a todo ello, el gobierno responde con paciencia infinita, mesas de diálogo permanentes y promesas de nuevas concesiones. Nunca en la historia un grupo había demostrado con tanta claridad que en México la ley es negociable.

La escena resulta particularmente grotesca porque durante años el discurso oficial prometió exactamente lo contrario. Se suponía que había llegado una transformación histórica. Una nueva moral pública. Un gobierno distinto. Lo que terminó llegando fue otra cosa: la institucionalización del chantaje.

La frase pronunciada por la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, resume mejor que cualquier tratado de ciencia política el estado de las cosas: lo que no se pueda otorgar será por falta de presupuesto, no por falta de voluntad. Traducido al español cotidiano: queremos seguir concediendo, pero ya no alcanza el dinero.

Regalar recursos públicos siempre resulta sencillo cuando el dinero es ajeno. Más aún cuando el beneficiario ha descubierto que la presión callejera produce mejores rendimientos que cualquier negociación formal o que cualquier cuenta de inversión.

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El verdadero problema: la CNTE ya no se moviliza para negociar. Se moviliza porque aprendió que funciona. Aprendió que bloquear carreteras funciona. Aprendió que secuestrar vialidades funciona. Aprendió que paralizar ciudades funciona. Aprendió que el costo político de desafiarla es mayor que el costo político de ceder.

Y aprendió esa lección observando atentamente… ¡a quienes hoy gobiernan!

No. La CNTE no apareció de la nada. No es una conspiración de la ultraderecha. Tampoco es un fenómeno reciente. Durante años fue una aliada útil de López Obrador. Como recompensa recibió la cancelación de la reforma educativa, la recuperación de privilegios sindicales y una influencia política que ningún gobierno anterior le había concedido. Lo que estamos viendo hoy es el resultado lógico de aquella decisión.

Durante años, se alimentó la idea de que toda movilización era legítima, de que toda presión social era virtuosa y de que toda resistencia a la autoridad (del PRI o del PAN, evidentemente) constituía una forma superior de moralidad política. Ahora los discípulos simplemente aplican las lecciones aprendidas.

La paradoja es deliciosa. El movimiento que llegó al poder denunciando los privilegios corporativos terminó reconstruyendo algunos de los más poderosos. Y ahora descubre que los grupos acostumbrados a obtener beneficios mediante presión jamás consideran suficiente la última concesión. Siempre quieren una más.

La ciencia política tiene un nombre para este fenómeno. Philippe Schmitter lo llamó neocorporativismo: sistemas donde el Estado depende de organizaciones específicas para mantener gobernabilidad y termina intercambiando autoridad por estabilidad temporal.

La teoría suena sofisticada. La realidad mexicana es mucho más simple. El gobierno dejó de ejercer autoridad y comenzó a administrarla mediante negociaciones permanentes. El resultado está a la vista. Cada concesión fortalece a quien presiona. Cada retroceso debilita al Estado. Cada excepción confirma que las reglas son opcionales.

Por eso, el problema ya no es la CNTE. El problema es el mensaje.

Millones de mexicanos observan cómo quien cumple la ley recibe poco. Quien bloquea avenidas obtiene mucho. Quien respeta las reglas espera turno. Quien paraliza una ciudad consigue interlocución directa con el poder.

Es una pedagogía formidable. La pedagogía del chantaje.

Mientras tanto, la Ciudad de México paga la factura. Comerciantes afectados. Calles tomadas. Monumentos vandalizados. Ciudadanos rehenes de una disputa que no provocaron. Y aun así el gobierno de la presidenta Sheinbaum sigue actuando como si el problema fuera de comunicación y no de autoridad.

Tal vez porque admitirlo implicaría reconocer algo incómodo: que muchos de los monstruos políticos de hoy fueron alimentados con esmero desde el propio poder.

Los neoliberales —tan demonizados durante años— habían conseguido contener a la CNTE. La 4T decidió rehabilitarla, fortalecerla y devolverle influencia. Y ahora pretende sorprenderse por los resultados. Como si alguien pudiera criar un tigre durante años y luego indignarse porque muestra los colmillos.

Las mesas de diálogo han conseguido algunos repliegues temporales. Pero la amenaza permanece. La CNTE ya dejó claro que volverá cuando considere necesario volver. ¿Por qué no habría de hacerlo? Hasta ahora la estrategia le ha funcionado.

Y ésa es quizá la mayor tragedia de todo este episodio. No las pérdidas económicas. No los edificios dañados. No el caos vial. La verdadera tragedia es que el Estado mexicano sigue enseñando que la mejor manera de obtener privilegios consiste en desafiarlo.

Una lección desastrosa para cualquier democracia. Y una lección todavía peor cuando quienes deberían estar educando a los niños son precisamente quienes menos parecen interesados en la educación.