“La realidad es independiente de nuestras opiniones sobre ella”.
Fernando Savater
“Todo poder cree tener razón hasta que encuentra un poder mayor”.
Raymond Aron
“Quedamos en muy buenos términos”, aseguró Marcelo Ebrard después de reunirse con funcionarios de la administración Trump. La frase pretendía transmitir calma. Terminó produciendo exactamente el efecto contrario. Bastaron unos minutos para que las redes sociales hicieran la pregunta que nadie en la 4T parece haberse formulado antes de pronunciar semejante optimismo: si así luce una negociación en “muy buenos términos”, ¿cómo habría sido una en malos?…
Pero lo de Marcelo no fue un desliz de comunicación. Fue algo más revelador: la fotografía perfecta de una forma de gobernar que confunde el relato con la realidad, la conferencia de prensa con la negociación y la narrativa política con el ejercicio efectivo del poder.
Estados Unidos rechaza renovar anticipadamente el T-MEC por otros 16 años y optará por mantenerlo sujeto a revisiones periódicas que prolongarán la incertidumbre para inversionistas y empresas. Esa decisión pulverizó, en cuestión de horas, el principal activo diplomático que el gobierno mexicano llevaba meses presumiendo: la supuesta relación privilegiada con Donald Trump. Durante semanas, meses y años nos repitieron que existía confianza, diálogo permanente, comunicación directa y entendimiento mutuo. Que ella lo había domado a él. Sin embargo, cuando llegó el momento de convertir esa cercanía en un resultado concreto, Washington tomó exactamente la decisión que México quería evitar.
Existe una diferencia enorme entre tener acceso y tener influencia. Muchos gobiernos tienen reuniones con la Casa Blanca; pocos consiguen modificar las decisiones de la administración estadounidense. La diplomacia no se mide por el número de apretones de manos ni por las sonrisas frente a las cámaras. Se mide por aquello que el otro está dispuesto a concederte cuando sus propios intereses entran en conflicto con los tuyos. Ahí es donde se descubre el verdadero peso específico de un país. Ahí desaparece la propaganda y aparece la política.
Creo que la administración Sheinbaum sigue atrapada en un error que heredó directamente de López Obrador: creer que controlar la conversación pública equivale a controlar la realidad. Esa lógica puede funcionar dentro del país, donde la conferencia mañanera marca la agenda informativa durante varias horas. Pero termina estrellándose contra un muro cuando el interlocutor es Donald Trump. Él no gobierna con las necesidades narrativas de Morena; gobierna con los intereses políticos, económicos y electorales del trumpismo.
Por eso este episodio resulta tan ilustrativo. Mientras en México se insistía en vender la imagen de una relación extraordinaria, Washington estaba construyendo exactamente lo contrario: un mecanismo institucional para conservar abierta la presión sobre México durante la próxima década.
La decisión de no extender automáticamente el tratado significa que las revisiones dejarán de ser un evento excepcional para convertirse en una herramienta permanente de negociación. En otras palabras, Trump decidió que el T-MEC ya no será únicamente un acuerdo comercial; será también una palanca política que podrá activar cada vez que quiera obtener nuevas concesiones.
Y ese detalle ha pasado casi inadvertido entre el ruido de la discusión. La mayoría de los comentaristas se ha concentrado en preguntarse si Ebrard ganó o perdió la negociación. Me parece una pregunta demasiado pequeña.
La verdadera derrota no es personal. Es conceptual. Lo que fracasó fue una manera de entender las relaciones internacionales. Morena ha construido durante años la idea de que la buena voluntad, el diálogo permanente y la afinidad política generan automáticamente ventajas diplomáticas. La historia demuestra exactamente lo contrario. En política exterior las simpatías ayudan poco cuando no van acompañadas de capacidad de presión, fortaleza institucional, certidumbre jurídica y poder económico.
Los países no otorgan concesiones por cortesía. Las conceden cuando les conviene.
Por eso la frase “quedamos en muy buenos términos” terminará persiguiendo a este gobierno durante mucho tiempo. No porque haya sido desafortunada, sino porque simboliza una forma de ejercer el poder que privilegia la percepción sobre los resultados. Es la misma lógica que celebra reuniones antes de revisar acuerdos, presume amistades antes de cerrar negociaciones, inaugura antes de concluir la obra y convierte cada fotografía oficial en prueba de un éxito que todavía no existe.
Al final, Washington emitió el único comunicado que realmente importa en diplomacia: el de los hechos. Y los hechos fueron contundentes. México no obtuvo la renovación que buscaba. Obtuvo una década de incertidumbre, revisiones periódicas y un presidente estadounidense que acaba de recordar algo que la 4T parece olvidar con demasiada frecuencia: en las relaciones internacionales las buenas intenciones sirven para los discursos. El poder sirve para negociar.
Y el poder, a diferencia de las conferencias mañaneras, nunca necesita explicarse. Se ejerce. Ese fue, precisamente, el mensaje que Donald Trump envió a México. Uno que no necesitó levantar la voz. Bastó con negarse a firmar.






