“Por regla general, la regulación es adquirida por la industria y se diseña y opera principalmente en su beneficio”.
George J. Stigler
“Es difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”.
Upton Sinclair
El mexicano podrá dejar de ver un noticiario de Televisa, pasar de largo ante sus programas y dedicar la tarde a consumir videos ajenos. Lo que difícilmente podrá hacer es llegar a ellos sin una conexión. Ahí está el negocio: si la audiencia ya no quiere sentarse frente a tu pantalla, todavía puedes cobrarle por los datos con los que mira la de alguien más.
Así leo el acuerdo anunciado el 13 de octubre: Grupo Televisa y Fintech Holdings comprarían AT&T México por 2 mil millones de dólares, mediante un consorcio a partes iguales. La operación requiere autorizaciones y se prevé cerrarla en el primer trimestre de 2027. Hay un acuerdo de compraventa; todavía no una transferencia consumada. La precisión importa, aunque estorbe a los morenistas que ya preparan el desfile de la soberanía recuperada…
La noticia tampoco cayó del cielo. Darío Celis publicó el 9 de diciembre de 2025 una columna titulada “Televisa se queda con AT&T México”. El acuerdo actual confirma la dirección de aquella información, aunque no cada detalle de lo publicado entonces. Aprovecho para insistir lo que siempre digo a los fervientes aplaudidores del régimen: para declarar falsa una noticia hace falta algo más que encontrarla incómoda para el gobierno.
AT&T explica su decisión por la prioridad de invertir en fibra y redes móviles en Estados Unidos. Esa es la razón declarada. La rentabilidad mexicana, los costos de competir, las condiciones regulatorias o la conveniencia de colocar el capital en otro sitio pueden examinarse como factores posibles. Convertir cualquiera de ellos en confesión empresarial sería inventarla. Pero tampoco hay por qué envolver una desinversión en papel de regalo y venderla como llegada de capital nuevo al sector: simplemente comprar un negocio existente o invertir fuerte en ampliar sus redes son cosas distintas.
La apuesta de Televisa tiene una lógica que va más allá de la televisión. El Digital News Report 2026 registra que, entre los encuestados en México, 66% consume noticias semanalmente por redes sociales, frente a 34% por televisión. Eso mide hábitos informativos, no todo el entretenimiento ni la desaparición del periodismo: parte de lo que circula en esas plataformas sigue siendo trabajo de medios. La audiencia cambia de puerta; el contenido no necesariamente cambia de autor.
Mi lectura es que Televisa busca asegurarse un lugar en el negocio de las audiencias aunque el público cambie de preferencias. Con una red móvil podría vender más conexiones y combinar servicios con su oferta fija. No necesita recuperar cada minuto perdido frente a TikTok, pero si puede participar del ingreso que genera estar conectado. Para la empresa, una adaptación razonable. Para el consumidor, todavía una promesa por demostrar.
Y aquí viene el matiz que incomoda a una crítica demasiado fácil: la compra no significa automáticamente menos competencia. AT&T México no sería absorbida por Telcel. Su red cambiaría de propietario y podría convertirse en un rival más fuerte de América Móvil. No voy a regalarle a Slim una victoria que esta operación, por sí sola, no le asegura. Televisa y Fintech también podrían darle más batalla.
Lo que sí merece escrutinio es un mercado en el que se necesitan fortunas para entrar y donde los grandes grupos pueden reunir cada vez más servicios bajo el mismo techo. Un paquete puede abaratar el recibo; también puede volver costoso abandonarlo si cancelar una parte significa perder los descuentos asociados a todas las demás. La diferencia entre una oferta conveniente y una dependencia incómoda se conoce cuando el cliente intenta irse. Esa es la verdad.
Cuando la competencia efectiva se debilita, el daño no siempre llega como un tarifazo. Puede aparecer en promociones menos generosas, atención peor, inversiones aplazadas o cobertura que nunca llega a donde resulta poco rentable. La empresa conserva clientes porque estos tienen menos alternativas. Y el usuario sigue pagando mientras escucha que debe sentirse orgulloso del dueño.
Porque no faltará el patriotero que celebre que el negocio “vuelve a manos mexicanas”. Ni esa etiqueta describe por sí sola la estructura del capital, ni la nacionalidad de un accionista garantiza precios bajos. El acta de nacimiento del magnate no mejora la señal. Tampoco convierte una adquisición privada en una conquista del pueblo.
El beneficio que la 4T sí ha concedido a los grandes jugadores, en definitiva, es haber eliminado un contrapeso autónomo. El IFT desapareció. Sus funciones no se evaporaron: la nueva Comisión Reguladora de Telecomunicaciones está adscrita a la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones, dentro del Ejecutivo. Tiene independencia técnica reconocida en la ley; no la autonomía constitucional que tenía el Instituto. Eso NO fue un cambio de membrete.
Un poder económico grande requiere haya una autoridad capaz de contrariarlo. Al sustituir al regulador autónomo por una estructura del Ejecutivo, el gobierno aumenta la importancia de sus propias decisiones y reduce la distancia institucional que debía protegerlas. Eso favorece potencialmente a quienes mejor pueden negociar con el poder. Slim, por su tamaño, merece especial vigilancia; los nuevos compradores, también.
Esa es la contradicción de fondo. La 4T llegó denunciando una economía de privilegios y decidió prescindir de una institución diseñada para poner límites a los privilegiados. A los empresarios les corresponde defender sus inversiones. Al gobierno le corresponde impedir que esa defensa se convierta en una barrera para los demás. Confundir ambas tareas permite llamar política industrial a lo que puede terminar siendo comodidad para los instalados.
Por eso hay que prestar menos atención a la fotografía de los compradores que lo que la autoridad les exigirá a estos: inversión verificable, libertad real para cambiar de proveedor y condiciones que permitan competir a otros. Si Televisa y Fintech presionan a Telcel y mejoran el servicio, ganaremos los usuarios. Si el resultado es un reparto más cómodo entre gigantes, el pasaporte de sus propietarios servirá, a lo sumo, para decorar el comunicado.
La prueba del patriotismo económico llegará el día que un cliente quiera cancelar. Ahí sabremos realmente cuánto vale la soberanía que nos vendieron.
Giro de la Perinola
Los oligarcas no tuvieron que hacerse pequeños para caber en la Transformación. Esta se encargó de hacer más pequeño al árbitro.


