“Hay muertos que siguen contando la historia de los vivos”.

Carlos Monsiváis

Con el evento del domingo, han llenado las plazas. No solo la del Monumento a la Revolución en Ciudad de México. También las de los estados y municipios. Incluso en Coahuila…, donde ni siquiera podía haber convocatoria pública por la veda electoral... El oficialismo salió a ocupar el espacio, a mostrar músculo, a montar la imagen de fuerza de siempre.

Pero hubo otra plaza imposible de fotografiar. Una mucho más grande. La de los ausentes. Los que no fueron acarreados ni pasaron lista. Los que no recibieron torta ni consigna. Los que no levantaron banderas ni escucharon arengas. Los que estaban ahí —también— en pueblos aislados, a pie de carretera, en fosas clandestinas, en anfiteatros saturados, en expedientes olvidados. No acudieron por voluntad propia ni fueron convocados por nadie. Su presencia fue el silencio.

Más de 202 mil asesinados y más de 50 mil desaparecidos durante el sexenio de López Obrador. Más de 41 mil asesinados y más de 17 mil desaparecidos en el actual. Cifras oficiales. A eso hay que sumar más de 84 mil cuerpos sin identificar acumulados en servicios forenses.

Ese fue también el evento del domingo. Sin oradores. Sin aplausos. Sin templetes. Solo la ausencia monumental de cientos de miles de mexicanos que ya no están.

Mientras eso ocurría, el Gobierno federal llamó a reunirse en plazas públicas para escuchar el mensaje presidencial. La celebración por los resultados electorales terminó convertida en llamado de resistencia patriótica: asambleas informativas, volantes, periódicos y la promesa de “informar al pueblo”.

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¿Informar al pueblo de qué exactamente? ¿De que la patria no se vende? ¿De que la soberanía está amenazada?

La escena recordó inevitablemente a esos gobiernos que convierten cualquier cuestionamiento en invasión extranjera y cualquier crítica en conspiración internacional. El nacionalismo como bocina. El enemigo externo como recurso. El libreto es viejísimo.

Pero la propia presidenta lanzó la pregunta central. ¿Quién decide en México? Pues bien, no hay común acuerdo y es ahí donde empieza el verdadero problema. Porque hace tiempo que en demasiados asuntos dejaron de decidir los ciudadanos.

La elección judicial fue una muestra dolorosamente clara. De más de cien millones de electores, apenas acudió una minoría. Y aun así, el voto libre y secreto terminó desplazado por los acordeones oficiales. La decisión ya venía tomada desde antes de abrir las casillas.

Deciden también quienes cobran derecho de piso a punta de pistola y determinan qué empresa abre y cuál cierra.

Deciden quienes impiden competir a candidatos, amenazan funcionarios de casilla y convierten procesos electorales en territorios vigilados.

Deciden quienes controlan rutas, puertos y combustible robado mientras Pemex sigue hundiéndose entre pérdidas y escándalos.

Deciden quienes hacen negocios inflados con recursos públicos y después se burlan por teléfono de que el desastre ya no será “su problema”.

Deciden quienes, desde el poder, prefieren proteger a los señalados antes que explicar lo inexplicable.

Deciden los que convierten la cooperación internacional contra el crimen en “intervencionismo” cuando les incomoda el expediente.

Deciden quienes equiparan investigaciones criminales con persecución política y pretenden que la opinión pública acepte que todo es parte de una campaña extranjera.

No, no se vale lo que hace este régimen. No es válido convertir a presuntos delincuentes en mártires políticos ni disfrazar investigaciones judiciales de ataques a la soberanía.

Y es que tampoco están decidiendo las madres buscadoras, a pesar de que sean ellas las que más han hecho por encontrar a los desaparecidos que el Estado ha sido incapaz de hallar.

Tampoco deciden millones de ciudadanos que ven cómo el crimen impone reglas mientras la autoridad administra discursos y sus contribuciones impositivas… Los mismos, quienes desde la política, siguen diseñando leyes para asegurar que el poder se conserve en sus bolsillos.

Por eso la pregunta presidencial terminó convertida en espejo.

¿Quién decide en México?

Demasiados, señora presidenta. Demasiados que no deberían decidir absolutamente nada.

Es que muchas de esas decisiones no se toman pensando en México, sino en la supervivencia de quienes ocupan el poder o de quienes se benefician de él. Demasiados los que han desplazado a los ciudadanos.

Así, el evento del domingo quiso presentarse como una demostración de fuerza nacionalista, pero término exhibiendo otra cosa. Que hay mucha revancha, rencor, resentimiento y destrucción en Morena. Que la amenaza más seria no viene de fuera. Ni de la oposición. Ni de Estados Unidos. Ni de la sociedad civil organizada. Ni de la derecha.

Que el problema no son los extranjeros. Que el verdadero desgaste, putrefacción e inmoralidad ocurre cuando desde Palacio Nacional (y el domingo desde la Plaza de la Revolución), se normaliza defender lo indefendible y cuando se pide cerrar filas justo alrededor de aquello que más tendría que investigarse.

Y la imagen final fue brutal. Mientras la presidenta aseguraba que no protege a nadie vinculado con el narcotráfico, frente al edificio apareció una manta con una frase directa: “Claudia Sheinbaum protege a narcogobernantes”, acompañada por la imagen de Rubén Rocha Moya.

Ahí quedó la pregunta flotando. No quién decide en México. Sino quién decidió que el costo político de defender a ciertos personajes vale más que el costo institucional que paga todo un país.