“Cuanto más se acerca un hombre al poder, más obligado está por el honor”.
Cicerón
“Al hombre bien nacido, la honra le viene de hacer bien las cosas”.
Cervantes
Hay palabras que dejan de usarse porque la historia las vuelve obsoletas. Otras desaparecen porque la sociedad deja de creer en ellas. En México, bajo la “égida” de la 4T, una de esas palabras es honor.
Sí, hay términos incompatibles con ciertos regímenes. En la antigua Roma lo era “traición”. En las democracias modernas debería serlo “corrupción”. En el México de la Cuarta Transformación la palabra incompatible es otra: honor.
Si uno analiza el régimen morenista, hablar de honor —más allá del cántico panfletario y propagandístico de “es un honor estar con Obrador”— suena incómodo, falso. Incluso ridículo. ¿Lo han notado? La única ocasión en que el honor aparece es en los altavoces de un mitin…
Podemos hablar de la estrategia morenista; de la narrativa, de la percepción, de la demagogia, de la comunicación política. Pero del honor asociado a y consuetudinario de Morena.
Las grandes civilizaciones entendían algo que los guindas parecen haber olvidado por completo: el honor era el límite que el poder no debía cruzar. Los griegos inventaron la democracia. También inventaron la tragedia. Sabían que el poder podía corromper a los hombres. Lo que jamás imaginaron fue un régimen que utilizara la moral como propaganda y el honor como utilería.
Las antiguas civilizaciones y sus autoridades podían engañar, mentir, disfrazarse y recurrir a la astucia una y otra vez. Pero jamás renunciaban a la moral, la vergüenza, la decencia y el honor. Su prestigio dependía de su palabra, de la lealtad hacia los suyos y de la obligación de responder por sus actos. Los espartanos, por ejemplo, podían admirar la inteligencia, mas no confundían la astucia con la desvergüenza.
Odiseo engañó al cíclope, mintió, ocultó su identidad y urdió estratagemas que hoy harían sonrojar a cualquier consultor político. Pero Homero jamás lo presentó como un hombre sin honor. Ahí está toda la diferencia. La astucia podía engrandecer a un héroe; la deshonra lo destruía. En la política mexicana contemporánea hemos conseguido invertir el orden de los factores: la deshonra ya no destruye carreras; a veces hasta las fortalece.
El nombre Movimiento de Regeneración Nacional terminó siendo una ironía histórica.
Convengamos que llamar “Movimiento de Regeneración Nacional” a un partido era una apuesta temeraria. Era como bautizar “Liga de la Templanza” a una destilería o “Asociación de Vegetarianos” a un rastro. Si uno decide llamarse Regeneración Nacional, queda obligado a regenerar algo. Aunque sea a sí mismo.
Pocos partidos han elegido un nombre tan ambicioso. No prometía simplemente gobernar mejor. Prometía regenerar moralmente al país. No ofrecía una administración distinta, sino una ciudadanía distinta. No aspiraba únicamente a ganar elecciones, sino a recuperar la virtud pública.
Era una promesa descomunal.
Y, precisamente por eso, es la que más estrepitosamente ha fracasado.
No porque hayan aparecido casos de corrupción. Eso ocurre en prácticamente todas las latitudes y bajo gobiernos de todos los signos. El problema es otro. Mucho más profundo.
La superioridad moral de los cuatroteístas dejó de ser un principio para convertirse en una coartada.
Cuando un escándalo involucra a los adversarios, se habla de justicia. Cuando alcanza a los propios, aparecen las explicaciones, las excepciones y las teorías de la conspiración. La moral, junto con la honorabilidad, dejaron de ser criterios universales para convertirse en privilegios de clan.
Y el honor desapareció. Eso que obliga a la autoridad precisamente cuando nada ni nadie más puede obligarla.
Consiste en aceptar el mismo juicio para uno que el que se exige para los demás. Consiste en renunciar a la venganza cuando se tiene el poder de ejercerla. Consiste en no utilizar las instituciones como garrote para los enemigos mientras se convierten en escudo para los amigos.
Mas en la 4T basta observar el patrón para darse cuenta de lo que ocurre. Segalmex dejó de ser un escándalo para convertirse en una explicación. Rubén Rocha ya no representa una excepción, sino un método. Adán Augusto ilustra la elasticidad de la responsabilidad política. Cuauhtémoc Blanco demuestra que la presunción de inocencia puede convertirse en presunción de pertenencia. Y el trato dispensado a Ernesto Ruffo Appel recuerda que, en la nueva moral pública, la severidad depende menos de los hechos que del apellido partidista.
No es casual que la discusión ya no consista en quién actuó correctamente, sino en quién logró sobrevivir políticamente a haber actuado incorrectamente.
Este régimen sustituyó al honor por el poder (coerción, abuso e ilegalidad). Morena convirtió el honor en una virtud prescindible del ejercicio de autoridad.
Antes un escándalo político terminaba en una renuncia. Hoy termina en una conferencia mañanera. Antes la vergüenza era un mecanismo de control. Hoy parece un defecto de carácter. Antes, el honor era un límite interno. Hoy solo existen los límites externos: mientras no haya consecuencias internacionales o electorales, todo parece permitido.
La corrupción puede explicarse. El cinismo puede describirse. El abuso puede denunciarse. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: la desaparición del honor como límite del poder.
Pero hay algo incluso peor. La verdadera tragedia no es que Morena haya dejado de creer en el honor. Es que millones de mexicanos hayan dejado de exigírselo. Porque un país empieza a perderse mucho antes de quedarse sin crecimiento económico, sin seguridad o sin justicia. Empieza a perderse el día en que la deshonra deja de escandalizar y comienza a administrarse. Ese día el poder ya no necesita ser virtuoso. Le basta con ser victorioso.
Casi nadie está dispuesto a demandar esa honorabilidad de sus gobernantes. Tan es así, que este fracaso político, social, civilizatorio tampoco parece tener consecuencias electorales. Tal vez porque, siendo honestos, la regeneración moral nunca fue el verdadero contrato entre Morena y buena parte de sus votantes. El vínculo ha sido identitario, redistributivo, emocional, incluso afectivo. No moral. No ético.
Eso explica por qué las contradicciones apenas erosionan el respaldo político. Quienes seguimos señalándolas quizá hemos supuesto que exhibir una incoherencia tan mayúscula basta para derrumbar un proyecto. La realidad demuestra otra cosa: los movimientos políticos rara vez caen cuando pierden el monopolio de la virtud; caen cuando pierden la capacidad de representar las aspiraciones de sus bases.
Pero esa constatación no vuelve menos grave lo ocurrido.
Al contrario.
Una democracia puede sobrevivir a gobiernos malos. Lo que difícilmente sobrevive es a una sociedad que deja de exigir honor a quienes gobiernan. Por eso llevo al menos diez años diciendo que la democracia no existe con ni en Morena.
Cuando la vergüenza desaparece de la vida pública, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en paisaje. Y entonces ya no importa quién robe, quién mienta o quién abuse del poder. Basta con que sea “de los nuestros”.
La derrota y el triunfo de Regeneración Nacional es uno y el mismo: no haber regenerado a México. Sino haber contribuido a que olvidáramos que el poder nunca exime del deber más antiguo de todos: el de responder con honor por los propios actos.
El proyecto que hizo de la moral su principal bandera terminó abandonando el honor como límite ético del ejercicio del poder. El honor era la última barrera antes del deterioro social absoluto.
Tal vez esa sea la única regeneración que sí ocurrió en México: la regeneración del cinismo.



