“En teoría, estos dones son voluntarios; en realidad, se dan y se devuelven obligatoriamente”.
Marcel Mauss, Ensayo sobre el don
En 2020, Mara Lezama voló de Vail a Cancún para acompañar a López Obrador en una gira. Terminado el acto de austeridad republicana, regresó ese mismo día a Vail en el jet que tomó de ida. No interrumpió sus vacaciones: hizo una lujosa escala de austeridad; el privilegio, el destino final.
Ojalá esta hubiese sido una extravagancia aislada. Muy lejos de ello. Según registros aeroportuarios y migratorios citados por Reforma, desde que era alcaldesa de Cancún acumuló 119 movimientos internacionales, 97 de ellos asociados con aeronaves privadas. Orlando y Vail aparecen entre los destinos recurrentes (no me sorprendería que, investigando un poco más, resultara que ella y/o su familia tengan propiedades en dicho resort de esquí).
Total, que la 4T no terminó con los privilegios de la antigua casta gobernante; cambió de pasajeros y compró el avión…
Pero, ¡oh sorpresa!: lo predecible habría sido la defensa automática de Morena. Sin embargo, no pocos correligionarios comenzaron a tomar distancia. Arturo Ávila no afirmó que los vuelos estuvieran justificados; pidió “cuidar el movimiento”. La prioridad dejó de ser esclarecer la conducta de la gobernadora y pasó a ser impedir que la mancha alcanzara a todo el partido. Ya huelen una muy seria crisis reputacional.
Algo similar ocurrió con Rubén Rocha Moya, aunque las acusaciones contra ambos no sean penalmente equiparables. Sí son producto del mismo sistema de inmunidad política que ya empieza a mostrar limitaciones: mientras conservan utilidad electoral, toda denuncia es guerra sucia; cuando la evidencia se acumula y el repudio social crece, aparecen súbitamente los guardianes de la ética partidista.
Morena está descubriendo que proteger indefinidamente a sus impresentables tiene un costo. Sheinbaum, más que independizarse ideológicamente de López Obrador (eso no lo hará ni tiene por qué hacerlo), parece administrar el peso de su herencia: arroja lastre para que la aeronave llamada 4T pueda seguir volando.
Pero en el caso de Mara, su explicación encima agrava las dudas. Afirmó que los viajes fueron personales o familiares y que no se pagaron con recursos públicos. Lo que son las cosas, ella misma se metió el pie y se lo metió al movimiento: si hubieran sido oficiales, tendría que existir una comisión, una partida presupuestal, facturas y una justificación fiscalizable. Si fueron familiares, solo quedan dos posibilidades: los pagó ella o alguien los pagó por ella.
Y Mara no aclaró cuál.
Sheinbaum le pidió explicar por qué utilizó esos aviones y bajo qué condiciones. Lezama respondió quién no pagó, pero no quién sí. “No salió del erario” no significa “salió de mi bolsillo”.
Si los pagó personalmente, deberá acreditarlo con facturas, transferencias y declaraciones patrimoniales compatibles con el gasto. Si los cubrió un tercero, entonces recibió un servicio de enorme valor y las preguntas cambian: ¿quién fue?, ¿qué relación guarda con su gobierno?, ¿ha recibido contratos, licencias, permisos, concesiones o beneficios inmobiliarios?
En otras palabras, el carácter familiar no elimina el interés público. ¡Al contrario! Si un particular trasladó gratuitamente a la gobernadora, a su esposo, a sus hijos, ¡al futuro gobernador!, no le hizo un favor a la funcionaria; entregó un beneficio privado a la familia que gobierna.
Marcel Mauss explicó que el don crea una obligación de reciprocidad. Alrededor del poder, los regalos rara vez son gratuitos: vinculan al que entrega con quien recibe y dejan una deuda pendiente. En política, el asiento verdaderamente caro no es el que ocupa el gobernante, sino el que queda reservado para quien después cobrará el favor…
La Ley General de Responsabilidades Administrativas contempla como “cohecho” aceptar u obtener, con motivo de las funciones públicas, beneficios indebidos no comprendidos en la remuneración. Estos pueden consistir en dinero, donaciones o servicios y alcanzar también al cónyuge y los familiares. Los vuelos detectados, por sí mismos, no prueban esa conducta, mas sí justifican investigar quién los financió y qué esperaba recibir a cambio.
No usar recursos públicos podría descartar el peculado. Recibir beneficios privados, en cambio, puede abrir la puerta al cohecho, al conflicto de interés o a ventajas no declaradas. La defensa de Mara no cierra el caso: cambia la irregularidad que debe investigarse. De verdad, yo no sé quién le recomendó abrir la boca.
Tampoco ayuda invocar su condición de madre. Es más, es insultante. Millones de mujeres conciliamos trabajo y familia sin que aparezca un Gulfstream para facilitarnos la crianza. Mucho menos explica por qué Eugenio “Gino” Segura —funcionario de su administración y aspirante a sucederla— aparece, según la investigación, compartiendo aeronave con ella y sus familiares en decenas de ocasiones. Mara lo niega. Los manifiestos de vuelo deberán resolver quién falta a la verdad. Spoiler: presidencia ya pidió verlos.
Este caso de Mara Lezama trasciende por mucho la hipocresía de predicar austeridad desde un avión privado. Muestra cómo la privatización del privilegio puede ocultar la privatización del Estado. Si un empresario financia la comodidad personal de una gobernadora, no necesariamente practica filantropía familiar: puede estar construyendo una relación con el poder.
Pero hay más y se pone muy interesante: en un sistema que cooptó y neutralizó por completo contralorías, fiscalías y congresos, el repudio social comienza a funcionar como institución sustituta. Timur Kuran explicó que las personas suelen ocultar su rechazo mientras perciben al poder como invulnerable; cuando algunas rompen el silencio, comienza una cascada de pérdida de reputación. Noelle-Neumann llamó “espiral del silencio” al mecanismo por el cual ciertas opiniones parecen socialmente inadmisibles. La prensa puede invertirlo: vuelve visible la crítica, legitima la pregunta y transforma una sospecha social dispersa en costo político concreto.
Por eso los medios de comunicación importan. Pueden amplificar el repudio social o enterrarlo. O dicho de otro modo, noventa y siete movimientos aéreos separados son anécdotas; reunidos por el periodismo se convierten en un patrón. Y quien parecía intocable descubre, de pronto, que nadie quiere acompañarlo al aeropuerto.
Así, el problema no es solo que Mara vuele demasiado. La cuestión de fondo es que todavía no sabemos quién diantres compró el derecho de llevarla.
Giros de la Perinola
(1) “Buena” noticia: Mara Lezama conserva, hasta ahora, la visa estadounidense. En mayo viajó a Houston para demostrarlo. La mala: falta saber si conservará el pase de abordar de Morena cuando Claudia Sheinbaum termine de repartir lugares en el vuelo de regreso.
(2) Definitivamente a la señora se le extravió la austeridad en la sala de embarque. Las facturas, al parecer, también.
(3) La pregunta sigue intacta: si no fue dinero público, ¿quién pagó?
(4) Si el equipo de estrategia de Claudia viera un poco mas allá del control total y del resentimiento, encontraría en la prensa crítica un aliado, no un adversario. Vería que es el conducto que le ahorraría a ella, al gobierno y al partido el costo —dentro del propio Movimiento— de separar las manzanas podridas del resto.






