“La soberanía también se traiciona desde dentro”.

Nomás digo

Claudia Sheinbaum asegura que ningún presidente puede tener “dos banderas o dos pueblos” y que solo debe tener “un amo”: el pueblo de México. Lo dijo ayer para defender su reforma contra quienes poseen otra nacionalidad además de la mexicana y aspiran a ser presidente, gobernador o jefe de gobierno de la capital.

La presidenta tiene razón en preocuparse por las lealtades de quien gobierna. Por eso sorprende que jamás empiece la revisión por las suyas propias: una para el Estado que preside y otra para el partido al que sirve.

La bandera de Sheinbaum es la “soberanía”. Una soberanía que agita cuando llega una pregunta incómoda sobre el crimen organizado, cuando hay que denunciar una intromisión extranjera y, ahora, cuando conviene cerrarles la puerta a ciertos aspirantes. Debajo de esa bandera, sin embargo, su gobierno va dejando un Estado de utilería. Un cascarón que conserva los nombres de las instituciones mientras vacía por completo las reglas que deberían obligarlo.

La reforma de nacionalidad es precisamente una muestra de ello. Primero se identifica a los adversarios potenciales; luego se descubre que sus pasaportes ponen en riesgo a México. En “Dos pasaportes, media ciudadanía” llamé a eso legislar con dedicatoria. La Constitución convertida por la 4T en un filtro de admisión: para los propios, toda la hospitalidad; para el incómodo, favor de pasar por la ventanilla de renuncias.

Peor aún: la ventanilla está mal diseñada. México puede pedir una declaración de renuncia ante sus autoridades, pero no puede decidir por otro país cuándo deja de reconocer a uno de sus nacionales. Por ejemplo, España contempla esa pérdida bajo determinadas condiciones. En Bulgaria, la liberación de la ciudadanía requiere un procedimiento propio y un decreto presidencial. En Polonia, hace falta el consentimiento de su presidente, que ni siquiera está sujeto a un plazo fijo para resolver la solicitud. La candidatura a un cargo de elección popular en México, por lo visto deberá sincronizarse con varias presidencias extranjeras para satisfacer el fervor soberanista de la nuestra.

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Si a Sheinbaum le basta la renuncia firmada en México aunque la otra ciudadanía siga vigente, su “lealtad única” será de papel. Si exige comprobar que el otro Estado la extinguió, habrá puesto un derecho político mexicano a merced de una decisión extranjera. Soberanía, le llaman. Ni la ironía se deja escribir con tanta facilidad…

Pero hay otra torpeza, más profunda aún en lo que hace Palacio Nacional (y, supongo, su consejera jurídica). Durante casi treinta años, México ensanchó la idea de pertenencia: reconoció la doble nacionalidad, llamó suyos a quienes hicieron vida en otro país y abrió espacio a su participación desde el exterior. De hecho, México es un país construido por quienes llegaron huyendo de otros: del exilio español, de la Europa del Este, de la persecución. Esas historias están mucho más cerca del corazón del oficialismo de lo que aconsejaría su nuevo examen de pureza. No hace falta sacar los árboles genealógicos; basta recordar de qué está hecho México.

Ahora esos mexicanos son excelentes para enviar remesas, votar y enriquecer el relato de una nación acogedora. Para ser votados, se vuelven ciudadanos de segunda. “Que renuncien”, dice Morena, como si una parte de la historia familiar pudiera cancelarse en un abrir y cerrar de ojos. La 4T tiene dos criterios para las dobles nacionalidades; solo una le resulta intolerable: la de quien podría disputarle el poder.

La otra muestra de vaciamiento institucional está ocurriendo frente a las cámaras (y nuestros ojos). Sheinbaum recorre el país para presentar su segundo informe de gobierno. Informar es una obligación presidencial. Aprovechar la tribuna, la difusión y los recursos del cargo para posicionar a Morena rumbo a 2027 es ponerse la cachucha de jefa de partido sin quitarse la banda de jefa de Estado.

¿Hace falta que diga “voten por Morena” para reconocer el proselitismo? El artículo 134 de la Constitución obliga a aplicar los recursos públicos con imparcialidad, sin inclinar la competencia entre partidos. Una gira llamada “informe” no queda exenta por llevar ese nombre. Habrá que examinar sus discursos, su difusión y quién paga la cuenta. Mi conclusión política es clara: la presidenta está usando su cargo para beneficiar a su partido; al INE le corresponde hacer el examen jurídico, aunque para ello deba levantar la vista del catálogo de colores que ahora atribula al instituto. Más nos vale esperar sentados…

Ese es el engaño de la soberanía de Sheinbaum. Al aspirante se le exige desprenderse de una ciudadanía para probar que solo servirá a México. A la presidenta se le permite hablar por todos los mexicanos desde un acto oficial mientras trabaja para conservar el poder de los suyos. Se inspecciona la portada de un pasaporte y se deja pasar la doble cachucha de la presidenta (por cierto, en su gira apareció con una cachucha guinda que decía “México”. El color del partido y el nombre de la Nación, juntos sobre la misma cabeza: difícil mejorar la metáfora).

Yo preferiría que ella aplicara a su gente otro examen de lealtad: seguir el dinero de las campañas, revisar contratos, investigar a los funcionarios señalados por vínculos criminales y comprobar si el erario paga también la promoción del partido gobernante. Luego, que se les castigue a la vista de todos como si no hubiese mañana. Aviso: hasta donde yo sé, ninguna funcionaria se ha vuelto imparcial por llamar “informe” a lo que hace desde un templete…

Esto en cambio sin duda atenta contra la soberanía: escribir leyes con dedicatoria contra adversarios, gobernar por encima de las reglas propias y dejar a las instituciones con nombre, presupuesto, pero ningunos dientes ni ninguna voluntad de poner límites legales, éticos y morales. El Estado conserva la fachada; Morena lo ha vaciado de contenido, ha cerrado la puerta y tiró las llaves. La bandera de la soberanía del segundo piso ondea espléndidamente sobre el cascarón...

Si el pueblo es de verdad su único amo, presidenta, ríndale cuentas sin pedirle que aplauda a su partido. Y antes de exigir a otros que renuncien a una nacionalidad, renuncie usted a una de sus dos cachuchas. Sabemos cuál le corresponde usar cuando habla en nombre de México.

Giro de la Perinola

Guadalupe Taddei anunció que el INE recurrirá al azul marino, el beige y el gris para alejarse de la polémica por el lila. Mi voto es por el gris. Le queda a una autoridad que presume neutralidad mientras la presidenta recorre el país con las dos cachuchas puestas. Taddei puede cambiar toda la paleta de tonos; si no se atreve a examinar esa gira, el único color que importará en 2027 será el guinda.