He comentado en otras ocasiones que recibo cada mes, quizá cada dos meses —la verdad no lo sé—, correos electrónicos del sitio de internet Recitativo, que narra curiosidades acerca de la música.

Esta vez leí algo así como un posible plagio del gran compositor ruso Dmitri Shostakóvich. Se supone que uno de los valses de su famosa Suite para orquesta de variedades podría haberse inspirado en una cancioncilla que, según Recitativo, escribió en los años treinta el español Ramón Aramburu Sarasola para que la cantara la cupletista Paquita Robles Labastina, La Pitusilla.

La canción se llama Yo te daré. Unas frases son muy conocidas, al menos para mí desde mi infancia: “Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé: ¡café!”.

Buena idea darle a la niña hermosa simple y sencillamente café. Mejor regalo que las flores o las joyas, porque invita a la charla que acerca, que hechiza, que enamora.

El café, como costumbre compartida, acompañado de alegría y ritmo, o como tristeza en las despedidas, está en numerosas canciones.

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En Ay, mamá Inés, “todos los negros tomamos café”. La canción del café, de Frank Sinatra, es una pieza humorística sobre la abundancia de café en Brasil, hoy de moda gracias al brillante triunfo de Lula que tiene de muy mal humor a ese personaje cada día más de caricatura llamado Tío Richie.

Juan Luis Guerra, en Ojalá que llueva café, imagina que el café, caliente desde luego, cae del cielo sobre el campo. Bob Dylan, acompañado por Emmylou Harris, canta que desea una taza más de café antes de partir hacia el valle. ¿Quién parte? Un enamorado, quizá.

Hay una canción, la más antigua que he encontrado, sobre lo que podríamos imaginar como el fundamental primer café. Se llama Una taza de café, un sándwich y tú. La letra es de Al Dubin y Billy Rose, y la música de Joseph Meyer. Una mesa para dos, algo sencillo de comer, café para beber y la compañía de la persona deseada. Con el primer café nacen las mejores relaciones amorosas.

Pero también hay un último café, el del tango interpretado muy bien por Julio Sosa, en el que la taza de café compartida queda en la memoria de un amor que lamentablemente llegó, como tantos otros, a su fecha de caducidad.

Las relaciones humanas, sobre todo las amorosas, suelen terminar con una última taza de café y desde luego las mejores empiezan con un primer café.

El café es el combustible de una buena charla, de un buen diálogo, incluso para poner punto final a amistades o amores que no se olvidan.

Una primera taza de café puede ser muy útil en la política.

Pienso en Morena, donde hay personas que evidentemente no se entienden y que deberían sentarse a tomar café: de un lado, quienes son llamados puros o duros; del otro, quienes han demostrado capacidad y eficiencia en sus responsabilidades, aunque algunos los consideren insuficientemente ideologizados para estar en la cúpula de un sistema político de izquierda.

No se trata de dos grupos perfectamente separados. Saben trabajar en equipo, de eso no hay la menor duda, pero en el fondo sienten desconfianza uno del otro.

En efecto, las diferencias existen y pueden llevar, en momentos clave, a divisiones. Deberían hablar de ellas alrededor de una taza de café, con tiempo y disposición para escucharse.

Los llamados puros tienen razones más que válidas para cuidar los principios que dieron origen a la transformación. Los profesionales y eficientes pueden explicar cómo su trabajo contribuye a que esos principios se conviertan en resultados benéficos para la gente.

El movimiento necesita a unos y a otros. Las convicciones ayudan a saber hacia dónde ir; la capacidad y la eficiencia permiten avanzar. De poco serviría tener muy claras las ideas si no se sabe gobernar. Y de poco ayudaría gobernar con eficacia si se olvidaran los propósitos de la 4T.

Conviene que conversen por el bien de Morena y del país. Que las diferencias no se conviertan en descalificaciones ni las legítimas aspiraciones personales en motivos para pelear.

Ojalá se sienten a tomar ese primer café. Que sea el primero de muchos, no el último inmediatamente antes de la ruptura.

Sin contar a la presidenta Claudia Sheinbaum y al expresidente Andrés Manuel López Obrador, que están en otro nivel —histórico y, por lo tanto, inalcanzable para el resto de quienes participan en la 4T—, me pregunto qué tan difícil sería que tomaran un primer café en serio, esto es, para sostener un diálogo verdadero, el más limpio personaje de la izquierda, Rafael el Fisgón Barajas, y el más eficiente del equipo, considerado insuficientemente ideologizado, Omar García Harfuch.

Si se entienden, ambos crecerán; todas las otras personas del movimiento también. Y así la 4T tendrá mejores condiciones para asegurar un futuro que haga realidad aquello de “por el bien de todos, primero los pobres”.