“La muerte no llega de repente; se instala poco a poco en las cosas”.
Dino Buzzati
“Lo más triste de las ruinas es que alguna vez estuvieron llenas”.
Álvaro Mutis
“Hay entierros que duran años”.
Roberto Juarroz
No sé exactamente cuándo murió México. En pocos años han sido incontables las fechas que marcan su defunción.
O quizá no ha muerto del todo... Tal vez todavía respira. Tal vez conserva algunos reflejos. Tal vez me encuentro frente a uno de esos cuerpos cuya temperatura todavía engaña y hace pensar que la vida continúa.
Lo cierto es que desde hace algún tiempo tengo la sensación de estar asistiendo a una vela de cuerpo presente.
Miro al país y veo algo que me resulta familiar, reconocible, incluso cotidiano. Veo elecciones, si bien la ley electoral se viola de manera abierta y recurrente. Veo instituciones, aunque muchas de ellas ya fueron vaciadas de contenido. Veo un Congreso, a pesar de que este se parece cada vez más a oficialía de partes. Veo un Poder Judicial; lástima que está sometido a una intervención política sin precedentes. Veo organismos públicos, pero estos están convertidos en escenografía. Veo leyes que permanecen escritas, aunque cada vez gobiernan menos. Sigue habiendo tribunales, partidos políticos y ceremonias republicanas. La bandera continúa ondeando y el himno sigue entonándose en los estadios. Desde cierta distancia, México parece seguir siendo México.
Pero uno aprende en los funerales que la apariencia puede ser profundamente engañosa. También los muertos conservan el rostro. También mantienen el nombre. También ocupan el mismo lugar de siempre en la memoria colectiva. Lo que ya no poseen es aquello que los animaba.
Pienso que algo semejante ha ocurrido con nuestro país.
Durante décadas, México intentó, con torpeza y contradicciones, construir una república de instituciones y no de hombres; un sistema en el que la ley estuviera por encima de la voluntad de los gobernantes y el poder tuviera límites, controles y obstáculos. No siempre funcionó. De hecho, muchas veces funcionó mal. Pero existía un horizonte —que pensé era— compartido: la convicción de que el remedio para los abusos del poder consistía en fortalecer las reglas y no en desaparecerlas.
Ese México está tendido sobre una plancha. Todavía conserva la piel. Pero alguien le fue retirando los órganos.
Primero los contrapesos. Después la autonomía de las instituciones. Más tarde la neutralidad electoral. Luego la idea misma de que las leyes obligan por igual a gobernantes y gobernados. El cuerpo permanece de pie porque las fachadas institucionales siguen ahí, pero cada vez se parece más a esos edificios abandonados que conservan las paredes y las ventanas después de que alguien les arrancó el cableado, las tuberías y todo aquello que los hacía habitables.
Y sería cómodo atribuir este deterioro al paso del tiempo, a las deficiencias históricas de nuestra democracia o incluso a una fatalidad cultural. Pero las autopsias exigen precisión.
Esto tiene responsables. Tiene un hombre. Tiene un movimiento. Tiene un partido. Se llama Cuarta Transformación.
Sería absurdo afirmar que esta inventó la corrupción, el clientelismo o las tentaciones autoritarias de la política mexicana. Nada de eso nació en 2018. Lo que no quita el ejercicio de su verdadera hazaña; otra y acaso más profunda: tomó viejos vicios nacionales y los elevó a la categoría de virtudes públicas.
La opacidad comenzó a presentarse como un acto de protección del pueblo. La discrecionalidad pasó a llamarse voluntad popular. La destrucción institucional se convirtió en sinónimo de regeneración. La mediocridad administrativa empezó a celebrarse como cercanía con la gente. El valemadrismo adquirió el prestigio de la autenticidad política. Incluso el resentimiento fue rehabilitado hasta convertirse en combustible moral del nuevo régimen.
Y entonces ocurrió algo todavía más extraordinario: el país dejó de exigir instituciones y empezó a exigir desquitarse. La ley dejó de importar tanto como la identidad de quien la viola. La corrupción dejó de escandalizar si beneficiaba a los suyos. Las campañas adelantadas dejaron de producir indignación. La concentración de poder empezó a generar aplausos o, en el mejor de los casos, indiferencia.
Incluso la conversación sobre la posibilidad de que México se deslizaba hacia un narcoestado dejó de provocar pánico y comenzó a parecer una noticia más en medio del ruido cotidiano.
La anormalidad se convirtió en costumbre. Y las costumbres tienen una extraña capacidad para embalsamar a las repúblicas.
Nada parece grave cuando el deterioro ocurre todos los días. Nada parece extraordinario cuando la excepción se vuelve regla. Claro… los países no siempre mueren entre explosiones y estridencias. A veces se van vaciando lentamente, como esos cuerpos a los que se les quita una parte, luego otra y luego otra más, hasta que un día ya no queda mucho por salvar, aunque el rostro siga siendo reconocible.
Por eso ya no me pregunto si México continúa siendo una república de nombre y democrática de apellido. La pregunta que me persigue es otra: ¿cuánto tiempo puede permanecer de pie una nación como la nuestra a la que le han ido arrancando, con método y entre aplausos, casi todo su contenido?
No tengo la respuesta.
Tal vez todavía quede algo que salvar. Tal vez aún haya signos vitales que yo no alcanzo a ver. O quizá estoy equivocada y esto no sea un velorio.
Pero mientras observo este cuerpo político tendido frente a nosotros, mientras veo a millones de personas discutir sobre él como si estuviera perfectamente sano y a otras tantas resignarse a su estado con una mezcla de cansancio y fastidio, no puedo evitar la sensación de que he sido convocada a algo más que a escribir una columna.
Hoy es lunes y he venido a despedirme simbólicamente. Una lenta despedida de la República.
Y más que sospechar, podría asegurar que me estoy despidiendo de un muerto.



